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La Historia Paranoica

CAPÍTULO 9: EL OAXIS

CAPÍTULO IX.

 

Eric despertó. No sabía donde estaba, y tampoco le importaba averiguarlo. Se puso a pensar en todo lo que había pasado desde el principio. ¿Cuanta gente inocente había sufrido o muerto por culpa de su estúpida sed de venganza? Amantis había sido conquistado. Sus habitantes habían sido esclavizados y raptados. Algunos habían muerto. Pensó en sus amigos, en Apolo, en Orome, en Zintia, en Astarté. Todo lo que había ocurrido había sido por su culpa. Además, se había dejado engañar por la gente, por ofuscadores como Philemmon, Asteris o P. Rea. Ya todo le daba igual. Cerró los ojos y se quedó tirado donde fuera que estuviera.
Al cabo de unas horas recordó la luz. Sin embargo no podía recordar nada de lo que el ente luminoso le había revelado. Se levantó, con mucha pesadez, y miró a su alrededor. Lo único que vio fue arena y cielo; cielo y arena. Se percató del fuerte calor que hacía y de la intensa sed que le apremiaba. Estaba en una especie de desierto.
Comenzó a andar, sin seguir una dirección determinada, sin esperanza alguna de sobrevivir, y sin ganas de hacerlo.
Al cabo de unos días notó una diferencia en el monótono paisaje que lo rodeaba. Vio algo que se elevaba hacia las alturas en el horizonte  que le llamó la atención. Conforme se acercaba comprobó que era cierto, que no soñaba. Eran palmeras. Y alrededor de esas palmeras había mucha vegetación y volaban una gran variedad de aves, cuyos chillos rompían el silencio al que Eric se había tenido que enfrentar. No cabía duda. Eric se encontraba delante de un oasis. Se adentró en la selva y descubrió un lago de agua dulce y cristalina al que acudían en manadas los animales que habitaban el desierto. Eric jamás había imaginado que en esos parajes tan hostiles pudiera haber tantos animales diferentes. Tras saciar su sed se fijó en dos hombres que no parecían haberse percatado de la aparición del intruso. Se acercó a ellos y les saludó:
- ¡Hola!- les dijo.
- Hola. Hola. ¡Qué bueno estar de vuelta!- respondieron.
"¡Jarl!" se dijo Eric "¿Qué han querido decir con eso?". Los miró atentamente. Se dio cuenta de que tenían que ser hermanos, debido a su parecido. Uno de ellos, el más alto, era además el más joven. Permanecía de pie. Llevaba gafas de sol de cristales redondos y una camisa abrochada hasta el último botón. Cuando hablaba inclinaba ligeramente la cabeza hacia delante y cruzaba las manos por detrás de la espalda. Tenía un flequillo que le caía sobre la frente, casi tapándole los ojos. El otro, el mayor, estaba sentado. Sus gafas de sol eran más anchas y compactas que las de su hermano. Llevaba el pelo más corto y patillas y una cazadora de borrego. Ambos bebían cerveza.
Eric se dio cuenta. Ellos no eran simples mortales. Eran dioses. No estaba en un oasis cualquiera, estaba en el Oaxis. Una de las más antiguas leyendas del lugar hablaba de un paraíso sagrado donde habitaban dos dioses capaces de dominar el mundo y la mente de todos los seres humanos e inhumanos. Eric nunca había creído en esa leyenda, siempre pensó que se trataba de un cuento infantil, pero ahora que estaba allí no tenía más remedio que creer en ello.
Le dirigieron la palabra:
- Algunos dicen que no existe el cielo- dijo el joven.
- Ve y díselo al hombre que vive en el infierno- comentó el otro.
- ¡Je! Pues que me lo digan a mí- dijo Eric.
- Los días son largos y las noches te desecharán porque el sol ya no brilla. Nadie menciona nunca que el tiempo puede arreglarte o destruirte el día. Nadie parece recordar que la vida es un juego al que jugamos todos. Vivimos en las sombras, tuvimos la oportunidad y la desaprovechamos. Ya nunca nada será igual, porque los días caen como la lluvia. Ya nada será igual hasta que la vida que conocí vuelva a mí y me diga hola- comentó, con aires de importancia, el alto.
- Me has quitado las palabras de la boca- dijo Eric. Estaba asombrado por la sabiduría que demostraban los dos dioses hermanos.
- ¿Has sentido recientemente el dolor de la lluvia matinal mientras te cala hasta los huesos?- le preguntó el bajo.
- Sí- respondió Eric.
- Pues escuchame bien- le espetó- Puede que tu vida se haya convertido en una mierda. Pero no puedes mandarlo todo a tomar por saco. Tienes que ser tú mismo, no puedes ser nadie más; y tienes que arreglar lo que has hecho. Todos tus sueños se pueden hacer realidad, aunque estés atado al espejo y al filo de la navaja. Llegará el día en el que todo el mundo vea otro soleado atardecer. Hay un pensamiento para cada hombre que intenta comprender qué tiene al alcance de la mano. Avanza por el camino de la vida y el amor. Sobrevive en la medida de lo posible. Tal vez nunca seas todo lo que quieres ser, pero ahora no es el momento de llorar sino el momento de descubrir por qué. Creo que tú eres como yo, vemos cosas que otros nunca verán. Tú y yo viviremos eternamente. Puedes esperar toda la vida, pasar tus días al sol. También puedes coger tu camino, llegar a lo más alto y, ¡hacer que suceda! ¡Así que corre, desaparece, y haz lo que debes hacer!
Eric no se lo pensó dos veces. Salió corriendo de allí, sin despedirse, sin dar las gracias. Salió corriendo sin dirección alguna. No miró hacia atrás y cuando lo hizo ya no pudo ver el Oaxis. Puede que sólo hubiera sido un sueño, o una alucinación, pero de repente había visto claro que tenía que hacer. Había recordado repentinamente su visita al ente. Sabía que tenía que hacer. Llegaría hasta el castillo de Jhonny, lo mataría, rescataría a las vírgenes, rescataría a Astarté y recuperaría el pueblo de Amantis. Pensando en todo eso siguió corriendo hasta que el agotamiento pudo con él y cayó desvanecido al suelo.

 

Cuando se despertó estaba en Morder. A la vista estaba, después de muchas aventuras y kilometros, el castillo de Jhonny Travolti, el tirano. Por fin vería saciada su sed de venganza.

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