La Historia Paranoica

 

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12/03/2006

CAPÍTULO 15: EL LABERINTO DEL DEMIURGO

CAPÍTULO XV.

 

 

Eric abrió un ojo. El otro lo dejó cerrado por si las moscas, bueno, por si las arañas. Estaba inmovil. El dolor era hasta tal punto intenso que Eric no sentía nada. Quiso ponerse en pie, pero andar con su pezuña no le era del todo familiar y en la otra pierna tenía clavada una rama. Comprobó el estado de su rodilla. El diagnóstico fue algo acelerado pero muy concreto: eso no era una rodilla. Por si fuera poco su pierna se doblaba en todas las direcciones. Aquello parecía un quirófano a cuerpo abierto (o un funeral de cuerpo presente). Tiró con todas sus fuerzas de la rama. Esta se desprendió de la... masa de carne, pero los ligamentos, tendones, rótula, menisco, gemelos y tendón de aquiles quedaron enganchados. Eric intentó regenerarlos pero al ver que pasaba una bandada de murciélagos prefirió dejarlo para más tarde, por si acaso le salía una garra o algo así. Metió la mano por la rodilla y extrajo el poco resto de huesos que quedaba en su pierna. Después busco el tabique nasal de Ulmo y el de su contrincante, y los introdujo en el agujero. Ahora por lo menos su pierna se doblaba sólo hacia derecha e izquierda.

 

Entonces decidió continuar su camino. No podía andar, pero tenía que salir del laberinto y llegar al castillo que estaba ya tan cerca, así que se arrastró con ayuda de sus brazos. No le sirvió de mucho, porque enseguida se le desprendieron (tanto el de Algo como el suyo, ya que lo utilizó para reponer fuerzas). No le qudaba otro remedio: tenía que seguir con los párpados.

 

Al día siguiente Eric se cansó de arrastrarse. Miró hacia atrás y vio el cadáver de Ulmo que estaba a quince metros. Pensó que eso no era plan: "Ahora o nunca. Tengo los ojos llenos de heridas, no tengo brazos y tengo las piernas mutiladas. Tengo que regenerar al menos los brazos". Comenzó a concentrarse: "Brazos, brazos, brazos, brazos, brazos.... ¡¡Aaaaah!!" Eric miró el resultado. Tenía brazos, sí, pero por no especificar le salió el brazo derecho en el muñón izquierdo y viceversa. "Jolín, Astarté me va a ver un tanto cambiado". Alcanzó a coger un par de palos y entre ellos y su pezuña consiguieron hacerle avanzar.

 

Eric atravesó ríos, puentes, orcos, rocas, desfiladeros, gargantas... Había rodeado el castillo treinta y siete veces, pero no conseguía salir del laberinto. Justo cuando se estaba planteando construirse una casita y disfrutar unos días de la naturaleza, una voz siniestra le habló desde una sombra.

 

- ¿Qué pasa? ¿No encuentras la salida?

 

- Parece obvio, ¿no? ¿Quién eres?

 

- Bah, una sombra.

 

- ¿Una sombra? Qué raro, ¿no?

 

- Pues si te vieras tío... Bueno, bueno, a lo que iba: yo conozco la salida.

 

- ¿Conoces la salida, sombra? Dímela.

 

- Bueno, bueno, tanto como la salida no, pero puedo ayudarte.

 

- ¡Oh, eso sería estupendo!

 

- Pero antes... tienes que jurarme que me harás un favor. Verás: soy un alma errante. Estoy separada de un cuerpo, que está tirado por ahí. Tú tendrás que devolverme a mi cuerpo, sólo eso. Yo te diré cómo.

 

- Vale, pero cuando me enseñes el camino.

 

- Sígueme- dijo por fin la sombra.

 

Entraron en un agujero detrás de unos matojos y llegaron a una lóbrega sala. Allí había un cuerpo tirado.

 

- ¿Esta es la salida?- preguntó Eric impaciente.

 

- No. Mira, hay mil doscientos treinta y cuatro túneles posibles. Tendrás que acertar el correcto. Sólo hay una salida válida. Venga, devuelveme a mi cuerpo. Yo no puedo decirte cual es. Si lo hiciera moriría...

 

- No, no. Yo creía que me ibas a decir como salir y me lo has puesto muy difícil. Además, ¿qué pasa si no acierto?

 

- Ya verás que risa. Morirías. Pero eso da igual. Tú solo no habrías encontrado nada. Así que venga, devuélveme a mi cuerpo. Sólo tienes que tocar la frente del cuerpo y volveré a él.

 

- De acuerdo, pero teniendo en cuenta que no me has dicho todo lo que sabes... - entonces Eric sacó su Yilet Shensor Escell y cortó los párpados del cuerpo. Luego rasgó la superficie de uno de sus ojos. Después cortó los dedos y los tiró al suelo. Recogió las veinte uñas y se las clavó en las encías. Por último arrancó casi toda la piel del cuerpo y echó sal y pimienta en las heridas. Después de todo esto, tocó la frente del cuerpo.

 

- ¡¡¡¡Aaaaaaaaah!!!! - la sombra sufría infinitamente. Eric se dispuso a elegir uno de los túneles. Se le ocurrió una idea: dejaría que el anillo le guiara. Cerró los ojos, alzó el brazo derecho, o sea, el del lado izquierdo, y avanzó dejándose llevar. Cuando abrió los ojos vio que se había alejado de la entrada de los túneles y estaba a escasísimos centímetros de un profundo abismo. "Je, je, je... Me parece que cambiaré de estrategia" pensó razonablemente. Volvió atrás, donde la sombra sufría lo indecible dentro de su cuerpo.

 

- ¡¡Aargh!! ¡Por lo menos me quedará el consuelo de oírte morir en uno de los túneles- gritó la sombra. después palideció por completo: por su único ojo sano pudo ver que... ¡¡Eric había acertado!! Todavía le quedaba un largo túnel por atravesar, pero había acertado. La sombra no pudo soportar el dolor, tanto físico como moral, así que realizó un tremendo y sobrehumano esfuerzo para levantarse y corrió hacia el abismo, precipitándose en él. Eric oyó los últimos gritos de la sombra, muy complacido. Lo que él no sabía es que la sombra fue a parar a un lago situado al fondo del abismo, en cuyas aguas se transformó en un horrible monstruo alado que empezó a perseguir a Eric, el cual, ajeno a todo esto, continuaba su camino.

 

Llegó a un ensanchamiento del túnel. Hasta él no llegaba la luz del día pero estaba iluminado por una luz cegadora. Eric comprobó que se trataba de fuegos fatuos. Era una escena muy familiar. Después de comer algo de carroña siguió andando (o trotando, ya que la técnica del trote ya estaba dominada). Observó que a ambos lados del camino había celdas de prisioneros. Notó que algo se movía en una de ellas.

 

- ¿Quién está ahí?- preguntó, asustado, el prisionero.

 

- Soy Eric de Amantis- respondió Eric de Amantis.

 

- Sácame de aquí, por favor. Ayúdame- suplicó el prisonero, que estaba demacrado y malalimentado.

 

- No, te jodes - dijo Eric, y continuó su camino. Minutos más tarde el monstruo devoró al prisionero.

 

Eric avanzó mientras media milla y aumentó su ventaja sobre el monstruo, sin saber que existía. Se topó con una celda más grande que las demás. Le pareció oír gemidos. Miró dentro y vio que estaba llena de mujeres y niños. Al verle todos corrieron hacia los barrotes.

 

- Buen hombre, saquenos de aquí, se lo rogamos - suplicó una mujer muy fea, mientras los demás le miraban temerosos. Eric, en un principio, se echó a reír, pero luego se compadeció de ellos y decidió ayudarles, pero antes quiso asegurarse de que no eran seres malignos.

 

- ¿Quienes sois? - les preguntó.

 

- Somos los habitantes del laberinto. Se nos quitaron las tierras y se nos encerró aquí por negarnos a hacerle la cama a Travolti. Llevamos aquí sesenta y siete años- a Eric le pareció convincente. Después de todo, ¿quién se iba a inventar una cosa así?

 

- De acuerdo, os sacaré - dicho esto se dirigió a la puerta - ¡Ja, ja, ja! ¡La puerta estaba abierta!- Al oírlo algunos se suicidaron, otros se dieron contra las paredes y el resto, que eran un poco menos pesimistas, agradecieron a Eric la información.

 

- Buen hombre - dijo la fea - toma esta espada en agradecimiento.

 

- ¿Para qué la quiero?

 

- Pues para luchar con el monstruo - respondió ella, y se alejó corriendo con los demás.

 

- Eh, esperad, ¿qué monstruo? ¿Dónde hay un mons... mons... mons... ¡¡Aaaaah!!

 

Eric tomó la espada y decidió hacerle frente. No esperó a ser atacado. Corrió hacia la criatura con la espada en alto y trató de clavársela, con tan mala suerte que tropezó y cayó a sus pies. El monstruo levantó una de sus garras y aplastó a Eric contra el suelo. Eric sintió como la sangre que le salía por la boca se mezclaba con bilis y otras cosas de colores muy variados. Se zafó de su adversario y se alejó unos metros. Tenía que atacar pronto, pero le resultaba difícil en su estado. Trotó hacia el monstruo y esta vez consiguió agrandar con su espada el ombligo del monstruo. Este se enfureció e intentó reventar a Eric de un manotazo en el tórax, pero Eric estuvo más rápido y se agachó a tiempo. Extendió su espada y cortó una pata al monstruo. Rió contento, pero después vio que le había salido una pata nueva. Lo mismo pasó con una garra, un colmillo, la cabeza, un ala, y hasta las crestas. Eric quedó exhausto. Entonces empezó la ofensiva de su rival. Agarró a Eric y tomó sus brazos. Tiró con todas sus fuerzas de forma que el cuerpo de Eric comenzó a estirarse. Llegó un momento en el que sus vasos sanguineos estaba tan tirantes que se rompieron. Entonces el cuerpo de Eric adquirió un tono rojizo. El monstruo se dispuso a abrir a su víctima, pensando que ya no oprondía resistencia, pero se equivocaba. Eric hizo acopio de valor y de un rápido mandoble introdujo el filo de su espada en las fosas nasales del monstruo, que apabullado por el dolor, derribó a Eric con la garra. Eric fue a parar al otro lado de del túnel. Vio que el monstruo se volvía a levantar y que su cara estaba ya regenerada totalmente. No podía moverse, estaba atontado por el golpe, y el monstruo había echado a correr hacia él. "Es el fin. ¿Cómo voy a derrotarle si se regenera? Parece que hubiera tomado esa pomada de pitt-u.f.o.s... un momento..." Eric tuvo una revelación. Le quedaban pocos segundos para ser aplastado por el monstruo, así que seleccionó una de sus extremidades, la que menos le servía, es decir, la pierna con la rodilla inutilizada. Tomó la espada y la cortó rápidamente. El dolor no importaba. El monstruo tomó impulso: iba a dar el salto final. Justo cuando iba a aplastar a Eric, este alzó el muslo de la pierna cortada y pensó: "pierna, lanza, pierna, lanza..." El truco dio resultado. El monstruo quedó totalmente atravesado. Entonces Eric cortó la lanza de su cuerpo con su Yilet. El monstruo no podía regenerarse porque tenía la lanza clavada todavía, de modo que Eric había ganado. Vio como la criatura se disolvía y desparecía. Entonces se concentró e hizo aparecer de nuevo su pierna, como si siempre hubiera estado allí. Estaba listo para continuar su difícil camino. Se sentía triunfador. Era un héroe.

 

12/03/2006 12:56 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 16: PESADILLA

Eric estaba entusiasmado, por fin le pasaba algo bueno: ¡Su mala racha se había terminado! Tal era su euforia que se sintió lleno de energía y de vitalidad (incluso mejor que cuando comía "Voyicao"). Tuvo fuerzas para levantarse y empezar a andar erguido. Incluso se podía intuir que era una persona.

 

Cuando un rayo de sol le dio en la cara obligándole a cerrar los ojos para no quedarse ciego, Eric se creyó en el hombre más feliz sobre la Tierra (¡qué iluso!). Pudo acercarse hasta el castillo sin que los guardias le molestaran ya que estos huyeron despavoridos en cuanto asomó la cabeza por la entrada del túnel. Pero Eric se lo pensó mejor, y decidió tomarse unas vacaciones antes de intentar acabar con Travolti, al fin y al cabo se lo había ganado. Tomó el primer avión a Suiza y allí, en un balneario apartado del mundanal ruido, se recuperó (o por lo menos lo intentó). Los médicos consiguieron reconstruirle (siguiendo el tratado del doctor Anibal sobre la anatomía humana y sus propiedades culinarias), e incluso lo perfeccionaron, hasta tal punto que decidieron clonarlo para que así hubiera dos y conseguir de este modo salvaguardar un especimen tan perfecto en caso de que el otro la palmase definitivamente.

 

Eran tan sumamente perfectos, que no tuvieron ni que coger el avión para volver hasta el castillo: fueron corriendo para así "entrar en calor para la batalla". Recorrieron una distancia similar a la de ir tres veces de costa a costa de los Estados Unidos, fueron también campeones del mundo de ping-pong, fueron fuente de inspiración de John Lennon, descubrieron donde estaba Roldán... vamos, que ni Forrest Gamp.

 

Por fin llegaron al castillo, con todo un séquito de fans y admiradores detrás; y de listos que eran no les fue necesario ni idear un plan para atacar, su inspiración les guió, y así les fue. Antes de acercarse a escasos cien metros de la entrada principal, ya se habían dado tres o cuatro guarrazos, además, todos los fans habían muerto por su incompetencia. Vamos, que no eran tan listos como parecían. Visto el panorama decidieron pararse a pensar, pero la rehabilitación y posterior clonación habían sido tan cutres que el cerebro se les recalentó y empezaron a echar humo como si de un par de chimeneas se tratara, lo cual permitió que fueran detectados por los secuaces de Travolti, quienes, al ver a aquel par de personajes con el cerebro en proceso de combustión sufrieron un repentino ataque de compasión y decidieron invitarles a pasar dentro del castillo y comer algo mientras su escasa materia gris se solidificaba.

 

Cuando Eric y Eric´ estaban degustando los manjares que les habían ofrecido se miraron con un gesto de complicidad y atacaron por sorpresa a los dos únicos guardianes que les vigilaban. O sea, que al final no eran tan tontos ¿o sí? Ni siquiera ellos lo sabían, porque a las primeras de cambio metieron la pata al intentar salir del cuarto en que estaban por la ventana que daba al patio interior. La caída libre fue alucinante, y todavía lo fue más el hecho de que sus rostros entraran en contacto con el hormigón armado del suelo.

 

De repente Eric se despertó con la frente empapada de sudor, miró alrededor y comprobó que todavía estaba en el túnel y que sólo había tenido un sueño (pesadilla, paranoia, delirium tremens,... ¿qué más da?) Por si acaso se miró en un espejo y comprobó que era igual de asqueroso que antes, pero que por lo menos, no tenía un adoquín por nariz...

 

12/03/2006 13:11 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 17: LA DEGENERACIÓN TOTAL DE ERIC DE AMANTIS

CAPÍTULO XVII.

 

 

Eric consiguió recuperar la respiración y la compostura. Una vez tranquilizado decidió continuar su camino por el tunel. En eso estaba cuando el túnel desapareció, dando lugar a una cueva inmensa, en la que se asentaba un pueblecillo miserable. Todas las chabolas estaban semiderruidas, sus habitantes caminaban entre harapos y suciedad. Sólo se oían lamentos y quejidos. La desesperación y la miseria acechaban en cada esquina.

 

Ante esta imagen, Eric no pudo evitar desternillarse de risa. Pero se calmó cuando vio la fiera mirada de los habitantes del pueblo. Naturalmente, se trataban de esclavos de Travolti. Una anciana se acercó a Eric. Su aspecto era patético y decrépito. Eric logró aguantar sus nauseas. La anciana le habló:

 

- Por favor, joven, ayúdeme.- le rogó.

 

- Vale, si quiere la eutanasia.- respondió Eric.

 

Dicho esto le partió el cuello de un mordisco, muriendo la vieja en el acto. Un nativo, al parecer el alcalde, le echó una mirada inquisitiva.

 

- ¿Qué has hecho, desgraciado? - preguntó, notoriamente enfadado.

 

- Yo,... - se explicó, aturdido, Eric - Supuse que era una vieja que quería morir pero que no se atrevía a suicidarse y por eso la he ayudado, matándola.

 

- Tú eres bobo - le dijo el alcalde- esa mujer era una prostituta en paro, y lo que quería era que invirtieras en su negocio para ganarse unas monedillas.

 

- ¡Ops! - dijo Eric - lo siento mucho, no volverá a pasar.

 

Un rato después, mientras Eric buscaba un lugar resguardado y disimulado para liarse un peta, se le acercó una joven, guapísima, con un cuerpo que te pasas, morena, que se le dirigió en los siguientes términos:

 

- Por favor, joven, ayúdeme.

 

- Vale.- contestó Eric, y sin mediar palabra alguna se la tiró repetidas veces, hasta dejarla agotada en el suelo, sin aliento y sin habla.

 

Nuevamente se le acercó el alcalde, y le hizo una pregunta ya conocida por Eric:

 

- ¿Qué has hecho, desgraciado?

 

- Yo,... - se explicó, aturdido, Eric - Supuse que era una prostituta sin trabajo, que necesitaba ayuda financiera para salir adelante, y decidí invertir en su negocio. Ahora iba a pagar sus servicios.

 

- Tú eres muy bobo - le dijo el alcalde - esta mujer es una enferma de sida y lo que quería era que le aplicaras la eutanasia.

 

Estas palabras aturdieron más aun a Eric. Para vengarse del pueblecillo le prendió fuego. El pueblecillo ardía por los cinco costados, y sus habitantes corrían por las calles dando saltos mientras se calcinaban, para regocijo de Eric. Una vez extinguido el fuego se dedicó a acabar con los pocos supervivientes, y una vez hubieron muerto todos, siguió su camino.

 

Sin embargo, esa matanza no había sido suficiente para acabar con su preocupación. Suspiró y pensó (sí, sí, habéis leído bien, ¡pensó!): "Jo, si al menos tuviera un poco de caballo para meterme un pico". Acto seguido, se transformo en un hermoso corcel, bueno, en un caballo percherón corrientucho, tirando a feo. Se había olvidado de los efectos que la crema de pitt-u.f.o. realizaba sobre su organismo. Entonces Eric exclamó: "¡Qué mal! Si por lo menos tuviera un poco de chocolate para hacerme un porro..." Dicho esto, su cabeza adquirió la forma de pastillas de chocolate, para desesperación de Eric.

 

"¡Mierda!", pensó, "¡¡¡Noooooooooooo...!!!"
12/03/2006 13:12 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 18: MÁS AVENTURAS EN EL LABERINTO

CAPÍTULO XVIII.

 

 

Un técnico de limpieza del laberinto, encargado de recoger cadáveres y de limpiar la sangre, pisó una mierda en el suelo. Se extrañó mucho de la presencia de ese agente extraño. La recogió, la probó, no le gustó y la tiró al desagüe.

 

El zurruto cayó y cayó de un modo indeterminado y finalmente fue a parar en un taller de arte, concretamente sobre la cabeza del profesor, llamado Jepeto. Este, al notar el tufillo, le dieron nauseas y vomitó sobre la mierda. La boñiga, además de asco, también le dio inspiración. Reunió la mierda, el vómito y un poco de arcilla y modeló una figura humana. Cual no sería su sorpresa cuando esa figura se movió y habló.

 

- ¿Qué ha pasado? - preguntó.

 

- ¿Quién eres tú? - preguntó, a su vez, el maestro Jepeto.

 

- Soy Eric de... bueno, la verdad es que ya no estoy seguro de quién o qué soy.

 

- Yo diría que eres un mierdas...- comentó un alumno.

 

- ¿Qué te ha pasado? - preguntó otro alumno.

 

Eric les contó su historia. La reacción de los alumnos fue explosiva:

 

- ¡De cagarse!

 

- Menudo marrón, colega.

 

- Eso sí que es una cagada.

 

- ¡Basta de cachondeo! - gritó Eric, exaltado - ¡Tengo que encontrar a Travolti! ¿Cómo salgo de aquí?

 

- El baño está al fondo a la derecha - le informó otro alumno.

 

Y entre carcajadas Eric se marchó de ese taller y continuó su camino por el túnel dejando tras de sí un aroma característico.

 

 

Al cabo de unas horas se encontró con una bifurcación. Eric no sabía que camino escoger, si derecha o izquierda. Además, ya no se fiaba del anillo. Así que decidió preguntarselo a un centinela que había por allí.

 

- Coge el camino de la izquierda.- le dijo.

 

Y Eric salió corriendo por el camino de la izquierda, dispuesto a acabar con Travolti en pocas horas. Ochenta días después, agotado, muerto de sed y de hambre se encontró otra vez con el centinela.

 

- ¡Andá! ¿Qué haces tú aquí otra vez? - preguntó extrañado el centinela.

 

- Yo... el túnel... Travolti.

 

- ¿No habrás cogido el camino de la izquierda, verdad?

 

- Claro, el que me dijiste.

 

- ¿Te dije el de la izquierda? Que fallo más tonto. Ya puedes perdonar. Quería decir el camino de la derecha. El otro da la vuelta al mundo y... oye, ¿qué te pasa en la cara?, te has puesto rojo, y echas humo, y la sustancia de la que estás formado comienza a derretirse, y..., y... ¡¡¡Uaaaah!!!

 

Eric se había cabreado considerablemente y había saltado sobre el centinela. Le dio puñetazos hasta que se ablandaron los dientes y se le disolvieron los ojos. Después empezó a patearle el abdomen, hasta que sus vísceras hicieron un bultito en la espalda. Prosiguió saltando sobre él, dejándole el traje y el cerebro sin arrugas. Para acabar, lo trozeó con su yilet. Recogió los trocitos con una pala y los metió en una lata vacía de pimientos. La cerró herméticamente y se la dio a unos prisioneros que estaban encerrados en una jaula cercana, asegurándoles que era comida de excelente calidad. Los prisioneros, extrañados en un principio, se abalanzaron sobre la lata y se la comieron enterita.

 

Después de esto Eric tomó el camino de la derecha. Eran unas escaleras que iban hacia arriba. Eric no podía ver el final de la escalinata. Pero no se amedrentó. Lleno de renovadas energías y decisión empezó a subir, saltandolas escaleras de cinco en cinco. Varios días después empezó a cansarse y los subió de uno en uno. A las tres semanas ya se arrastraba y al cabo de unos meses decidió pararse a descansar.

 

- ¿Es qué esta escalera no se acaba nunca? - gritó, desesperado.

 

- No. - respondió, lugubremente, una voz.

 

- ¿Quién anda ahí?

 

- Bah, nadie, sólo soy una psicofonía.

 

- Ah... ¿qué le pasa a esta escalera?

 

- Suele ser complicado subir por una escalera mecánica de bajada... igual si la hubieras apagado antes de empezar a subir.

 

Eric, después de darse unos cuantos cabezazos contra la pared (por lo que tuvo que recomponerse un poco luego), apagó las escaleras y subió. Esta vez se le hizo mucho más corto, no tardó más de tres días.

 

Al final de la subida había un pasillo y al final del pasillo una pequeña ventana. Supuso que esa era la salida del laberinto y la entrada a los dominios de Travolti. Tan sólo una monja se interponía entre él y la ventana. Avanzó con decisión y empezó a pegar a la monja hasta dejarla tirada en menos de dos minutos en el suelo hecha un trapo. "Vaya, te creía más fuerte, Vatman", le dijo.

 

Tras este incidente, cogió carrerilla y saltó. Atravesó el cristal y... cayó. Cayó mucho y durante mucho tiempo. "Tengo una extraña sensación de "dèja-vu"" pensó para sus adentros. "Hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien" se decía a sí mismo para tranquilizarse. "Lo malo no es la caída, sino el aterrizaje." Finalmente, Eric llegó al suelo (¿O el suelo llegó a Eric?). Se hizo un plastón contra el suelo, pero se regeneró rapìdamente gracias a la elasticidad de su nueva constitución. Miró hacia delante. ¡Oh, no! ¡No podía ser! ¡Estaba otra vez en el túnel!

 

12/03/2006 13:13 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 19: EL RESCATE DE ASTARTÉ

CAPÍTULO XIX.

 

 

Allí estaba Eric, tumbado en el suelo, cuando sintió que salía de ese ente en el que se había transformado. Algo tiraba de él hacia el suelo. Era una voz que se le hacía familiar pero no podía saber a quien pertenecía. Se sintió liberado, una niebla le envolvía. Pudo verse reflejado en un algo brillante. Sólo tenía los ojos y el cerebro, y parte de su médula espinal. Pasó por una serie de pruebas que casi le terminan de destruir y que atormentaron su alma, matándole de las formas más horribles sin que Eric llegara a morir, eternamente muriendo sin que llegara el descanso eterno. Finalmente llegó a unas mazmorras. Eran salas de torturas de las almas capturadas, estaba supervisado por el demonio Ber´al-ur, que se aparecía como un pequeño humano con bata blanca y armado de sus cationes demoznio. Decidió asomarse a una de las mazmorras y dado lo que vio, decidió que no quería que le atrapasen allí. Vio a un ser humano que tenía un agujero en un dedo del pie y que era retorcido y estrujado cual trapo de cocina, desangrándose eternamente. Otro estaba atado a una rueda que giraba eternamente, pero estaba atado a la llanta y giraba sobre unos clavos sin poder morir nunca. Otros dos que estaban en la misma mazmorra se devoraban mutuamente.

 

Eric se puso a pensar como podía salir de allí y rápido. En aquel momento supo cómo. Vio a un guardián que custodiaba una puerta y allí estaba el triunfo o el fracaso absoluto. Aprovechó un momento de despiste para avalanzarse sobre el guardián. Se enroscó en su cuello y empezó a intentar ahogarlo; pero entonces sucedió algo inesperado: comenzó a absorber su fuerza vital y alma. Tras esto los globos oculares de Eric se volvieron blancos y aquel ser quedó consumido en el suelo. Entonces oyó un grito inhumano y una nueva celda surgió a su lado. En ella estaba lo que quedaba del guardián que estaba ahogándose y descomponiéndose eternamente sin poder salir de allí ni poder morir. Traspasó el umbral de la puerta y se dio cuenta de que a su alrededor no había nada, bueno, sí, un jarrón, el jarrón del P. Rea, pero no había modo alguno de llegar hasta él. Pero otra vez se vio envuelto en aquella luz. Estaba harto de que alguien fuera antes que él y se dejara siepre la luz encendida. Pero esta vez sirvió de algo, le elevó hasta la altura del jarrón, que era de cristal. Allí pudo ver miles de almas. La luz se hizo más intensa, incluso le llegó a doler. Cuando pudo ver de nuevo se encontró con su cuerpo más o menos normal, estando todavía en la cueva en la que había dejado a Ulmo. Bueno, fuera, porque la cueva no existía, la montaña se había hundido y Ulmo, con toda la poción de pitt-u.f.o.s había quedado sepultado bajo toneladas de piedras. De nuevo apareció aquella voz, extraña y conocida a la vez. Le entregó una espada: la "Ensangrentada". La voz le dijo entonces que el poder de la poción ya no era activo en él ni lo volvería a ser, que no podría volver a usar ningún artilugio ni potinge mágico, salvo ese absurdo anillo. Le dijo además, que ahora era esclavo de aquella espada y que la espada lo era de él.

 

De repente algo surgió a sus espaldas: era P. Rea. Este sacó su espada, era roja, dijo algo sobre unos roscos, pero no le hizo caso.

 

La Ensangrentada saltó a la mano de Eric y detuvo instintivamente el ataque de aquella espada. Una corriente de energía pasó por las espadas, la Ensangrentada brilló con un extraño brillo verdoso. El paisaje se fue difuminando al igual que P. Rea. Eric volvía a estar en la nada, pero esta vez era una nada oscura, insondable. Poco a poco escuchó un sonidillo familiar. Era el local de Don Egal. Todos los cuerpos estaban allí. Eric quitó de en medio a Astarté sacándola fuera. Y abrió el jarrón tirándolo al suelo (dicho de otro modo, lo rompió), sacó la espada y fue matando a los allí presentes conforme las almas llegaban a sus cuerpos. A algunos les traspasaba la traquea con su nueva espada conectando dos cuerpos haciendo que las almas sufrieran el doble. A otros los ensartaba en su espada metiéndola en vertical introduciendo el brazo hasta el codo. Al cabo de unos minutos Eric salió de aquella sala e invitó a Astarté a unos sesos frescos y prometió que ya le explicaría lo que había ocurrido, pero antes comerían, le dijo qque había visto a Travolti en una celda del infierno eterno y había conseguido el mapa del castillo de Tarantizno. Pero todo se lo explicaría más detalladamente.

 

12/03/2006 13:14 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 20: LA MUERTE DE LOS MAGOS NEGROS

CAPÍTULO XX.

 

- Bueno, Eric. ¿Quieres contarme ya lo que ha pasado? - preguntó, ansiosa, Astarté.
- Todavía no lo sé exactamente. Espera, que piense...
- Eric, no lo hagas; recuerda lo que pasó la última vez que intentaste pensar, aquel día que querías saber por qué caemos hacia abajo. ¡Eric, no pienses!
Eric, haciendo caso omiso a Astarté, se puso a pensar. A los pocos segundos yacía inmovil en una de las mesas del local de Don Egal, tan pronto como se recompuso empezó a tartamudear:
- As... As... tarté, he... al... al... can... zado...
- ¿Qué has alcanzado? - chilló energeticamente Astarté - ¿A quién has alcanzado?
- He alcanzado el SUPREMO CONOCIMIENTO DE LA VERDAD - exclamó Eric triunfante, mientras Astarté intentaba en vano contener una sonora carcajada - No, espera, en serio, no es una broma. Mira, te lo explicaré todo: a lo largo de nuestra penosa existencia nos movemos en el espacio, en el tiempo, en lo absoluto, pero no en lo absoluto absoluto sino en lo absoluto relativo, es decir, existimos en uno de los muchos planos de posible realidad, que mientras sea una realidad de la que no se tenga conciencia no será realidad sino realidad alternativa. Lo que mi mente acaba de alcanzar es un conocimiento de varios planos reales simultáneos con lo que yo soy y no soy, existo y no existo, vivo y no vivo, real o alternativamente, de modo que todo es real, ya sea real real o real alternativo, según la consciencia de ello, ya te he dicho; consecuencia de ello es que todo se justificable y repochable         , pues todo es y no es. ¿Entiendes?
- Bueno, eemm..., ¿no voy a entender yo? Pues claro, hombre. Pero, ¿me quieres explicar entonces qué haces aquí y cómo has llegado?
- Pues mira, el caso es que..., o sea, que el conocimiento... y la verdad... y la relación causa-efecto, vamos, que ni puta idea - respondió Eric, apurado.
- Eric, no te lo voy a volver a repetir, así que pon atención: ¡NO VUELVAS A PENSAR!
- No, espera - interrumpió Eric - ya sé: me he deslizado por una línea que corta perpendicularmente a varios planos de realidad. Lo que no sé es qué o quién ha sido el causante de ello, pro ya me gustaría hacerle un par de preguntas.
- Adelante, pues - dijo una voz. Eric y Astarté se volvieron y comprobaron que ante ellos se encontraba un ser infernal.
- ¿Quién eres? - preguntó Eric.
- Me llaman Morthadello.
- ¡Hala!¡El compañero de Philemmon y de P. Rea! - dijo Astarté.
- Pero si Philemmon está muerto... - comentó Eric.
- Y P.Rea - añadió Mrthadello.
- ¿Y qué ha sido de él? - preguntaron a un tiempo Eric y su acompañante.
- Murió de pasión matemática por el universo. Por eso sus presos han sido liberados.
- Ah..., qué mal.
- Bueno, basta ya. Tú, el de los ojos blancos, pregúntame todo lo que quieras y luego muere - dijo refiriéndose a Eric.
- De acuerdo: ¿Dónde está Travolti? ¿Cómo se llegaba a su castillo? ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y se respira mejor? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la esencia? ¿Cómo quieres que te quiera si el que quiero que me quiera no me quiere como quiero que me quiera? ¿Cómo te va?  - concluyó Eric.
- Travolti está muerto. Su castillo nunca ha existido, se ocultaba en el túnel. Vengarte es lo que tienes que hacer. Al castillo de Tarantizno. No, no es verdad. Lo contrario del no ser. Buena esencia te voy a dar yo. Quiero que me quieras mucho. Bien, gracias. - concluyó el mago, que había tomado nota de las preguntas para no perderse - Bueno, ahora te mataré de la forma más horrible.
- No creo que tengas poder para ello - provocó Eric.
- Ah, ¿no? - Entonces el mago hizo brillar sus ojos, alzó sus manos, y pronunció con voz firme unas palabras incomprensibles en tono apocalíptico. Entonces un oscuro astro se interpuso entre ellos y el Sol. Un eclipse total sumió al mundo en tinieblas. Las motañas se resquebrajaron. Del fondo de los mares brotaron llamas de fuego helado. Rayos negros cayeron sobre los campos, cuyas flores se transformaron en horribles bestias destructoras. Se comprimió el espacio, y la naturaleza entera gimió de angustia. Cambió la trayectoria de los cometas. Las estrellas chocaron entre sí, y el movimiento rotatorio de los cuerpos celestes se invirtió. La bolsa de Madrid experimentó un bajón. El vacío se llenó. Las rectas se hicieron paralelas a sus perpendiculares, y las dimensiones se hicieron negativas. Y cuando todo esto hubo descompuesto el equilibrio del universo, Eric empezó a preguntarse si se había equivocado al decir que Morthadello no tenía poder.
- ¿Qué?¿Te convence? - preguntó el mago.
- No. Todavía no me has matado - exclamó Eric. Sus cabellos se movían por el viento y sus ojos refulgían. Era una imagen aterradora la de Eric erguido en el poder. Entonces dejó ver la vaina de la que extraería inmediatamente ... la Ensangrentada. Ya nada podía detenerle.
- Oh, impresionante. - dijo el mago, aburrido.- Au revoire, dijo Voltaire - dijo después. Acto seguido pronunció un conjuro y la tierra se cubrió de tiernas florecillas, mientras que de las montañas brotaban cientos de cabras guiadas por Jeidi y Pedro. El abuelito comía pan y queso. Marko encontró felizmente a su mamá y la abrazó, cubriéndola de besos. En la aldea del Ar-C los conejitos, los ositos y los corderitos convivían con el lobo, el áspid, la serpiente venenosa, el tigre de Vengaya, la hiena feroz, y hasta el Chiquito de la Descalza. El rey león vencía a los malos, cenicienta recibía contenta a su hada madrina, la sirenita conseguía ligarse al príncipe ese, Vambi jugaba en la nieve con el conejo Batería, Güili Fok llegaba a tiempo de cobrar la pasta de la apuesta, Alladino solucionaba con su lámpara los problemas de iluminación de todo el mundo y toda criatura y de toda lengua, raza, pueblo y nación se unieron agarrándose de las manos y cantando cánticos de alegría, paz, amor, felicidad, amistad, cordialidad, bienestar, salud, belleza, úlcera gastroduodenal, congestión nasal y todo eso...
- ¡¡¡¡Baaastaaaaaaaa!!!! - gritó Eric desgarrándose la piel de su cara - ¡¡¡¡Mátame... pero no de esta formaaaaaaa... !!!! - Eric sintió cómo sus fuerzas se desvanecían. Era lindo, se estaba muriendo, de nada servía luchar. Justo cuando iba a darse por vencido el astro que había provocado el eclipse estalló, y todos los conjuros desaparecieron instantáneamente. Eric, en un alarde de fuerza, levantó el cuello del suelo y vio que los tres magos blancos habían aparecido, destruyendo aquel astro de 9´5 puntas. Entonces se desvaneció extenuado.

 

- ¡Eric! ¡Vamos Eric! - gritaba Astarté.
- ¿Qué ha pasado?- preguntó Eric.
- Te lo has perdido - Entonces Astarté contó a Eric que había tenido lugar una gran batalla entre los magos, y que todos ellos sin excepción habían sucumbido.
- Entonces, la magia ha terminado... - dedujo inteligentemente Eric.
- Sí... Nunca volverá a haber magia. Hicimos bien en cerrar la escuela de la aldea.
- ¿Y los últimos alumnos? - sugirió Eric.
- Acaban de morir. Eran los magos blancos.
- ¡Ah, bueno!
- Y Travolti también, ya oíste lo que dijo el mago - añadió Astarté - podemos regresar a Amantis.
- ¡No! - gritó Eric.- Mi venganza no se ha cumplido. Ahora sé a quien tengo que derrotar. ¡ A Tarantizno! No volveré hasta hacerlo, hasta destruir la Era del Tirano, hasta vengar a Apolo de los Amraom. El mundo no será el mismo hasta que yo... - entonces quedó quieto. Unos extraños matraces humeantes se hallaban delante de sus narices. - ¡Astarté, aléjate! ¡La Ensangrentada quiere hacer honor a su nombre! ¡Algo raro pasa! - Astarté se alejó unos metros. Una espesa niebla cubrió todo el paisaje. Al disiparse, Eric se encontró rodeado de unas horrendas criaturas. Todo hacía presagiar que aquella iba a ser la segunda gran batalla del día.
De repente, todas aquellas masas se abalanzaron sobre Eric, que sostuvo su espada con fuerza. Astarté contemplaba la escena horrorizada. Tenía que hacer algo. Miró a su alrededor. Allí vio... ¡una piedra de uranio! ¡Justo lo que necesitaba! La lucha estaba servida...
12/03/2006 13:15 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 21: EN BUSCA DE TARANTIZNO

CAPÍTULO XXI.

 

 

Astarté intentaba pensar, aunque sin llegar al extremo en que lo hacía Eric: "El Uranio provocará una reacción de combustión que hará que x moles de reactivos se transformen en x moles de productos... ¡A la mierda!" Viendo que no llegaba a nada concreto, Astarté decidió utilizar el uranio de una manera más contundente y efectiva: tras romperlo en pedazos de un simple puñetazo, comenzó a lanzárselo por partes a aquellas extrañas criaturas. Tal era su fuerza que Astarté acabó con ellas sin que Eric sufriera ningún daño físico, que no psíquico ya que debido a su estúpido machismo se sentía herido por el hecho de haber sido salvado por una mujer. Tras comprobar el alcance de su gesta, Astarté se creyó superior a cualquier ser humano y vociferó: ¡Cindy Schiffer ha muerto, viva la Übermädden!" Esta actitud prepotente enfadó a Eric, quien en un alarde de fuerza y autoridad exigió a Astarté que se retractara. Esta se sintió intimidada y obedeció como un corderito.

 

Tras esta estúpida conversación-situación que no les sirvió más que para perder el tiempo, Eric y Astarté emprendieron el camino a ritmo ligero pues no tenían un minuto que perder. Tras cuatro meses de larga marcha, mientras comían algo durante una de sus escasas paradas, ambos protagonistas se miraron a los ojos intentando buscar respuesta para una pregunta: ¡¡¡¿¿¿A dónde cojones vamos???!!! El shock que siguió a dicha situación es más que previsible: se estuvieron otros cuatro meses allí petrificados con cara de tontos. Cuando por fin se recuperaron, les fueron necesarios otros cuatro meses para encontrar la respuesta, pero al final lo consiguieron: ¡¡Sabían lo que querían!! (matar a Tarantizno, por si algún estúpido no se había dado cuenta todavía).

 

Con la autoestima por los suelos tras comprobar que la gente no iba a coña cuando les llamaba "tontos del culo", pero con la moral alta pues creían que saliendo victoriosos de esta situación pasarían a ser algo importante dentro de la jerarquía de la sociedad capital-social-comunista en que vivían (o algo por el estilo en lo que se imaginaban), se encaminaron, esta vez sí, hacia el castillo de Tarantizno.

 

Como tenían cuatro meses de marcha, pues aprovecharon para hacer cosas que siempre habían querido hacer pero para lo que nunca habían tenido tiempo, como contar el número de estrellas que hay en el firmamento o calcular la velocidad media en que crece el pelo a lo largo de la época estival, temas realmente apasionantes que preocupan a todo filósofo que se precie.

 

Inmersos como iban en sus "pensamientos", no se percataron de unas criaturas que allí había. Ellos seguían acercándose sin ser conscientes de nada. De repente, todas aquellas masas se abalanzaron sobre Eric, que sostuvo su espada con fuerza. Astarté contemplaba la escena horrorizada. Tenía que hacer algo. Miró a su alrededor. Allí vio... ¡una piedra de uranio! ¡Justo lo que necesitaba! La lucha estaba servida...

 

12/03/2006 13:16 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 22: REENCUENTRO CON ZINTIA

CAPÍTULO XXII.

 

 

Astarté cogió la piedra de uranio y, junto a Eric se enfrentaron a aquellos monstruos. Se limitaron a despedazar a aquella patrulla del infierno sirvientes de Tarantizno. De pronto Astarté tiró la piedra al suelo y comenzó a retorcerse de dolor.

 

- ¿Qué te pasa? - preguntó Eric.

 

- No sé. Me duele todo, no puedo moverme, siento... siento que me duplico, que explotó. ¡Eric! ¿Qué me está pasando...?

 

En ese instante se hizo un silencio tenebroso, horroroso, misterioso; Astarté explotó, se esparció y luego se condensó, se licuó y resucitó en forma de "o". Se había transformado en un círculo de un metro de diámetro, con dos ojos en lo más alto, un brazo a cada lado y una boca enorme.

 

- ¿Qué me ha pasado Eric?

 

De pronto surgió una voz que parecía venir del más aquí y comenzó a hablar: "Astarté, has caído en la maldición del uranio enriquecido ilegalmente con los fondos reservados para el desarrollo de la humanidad, el comercio y la sanidad en los países situados en el primer bisector de la zona norte del planeta, según la cual el que abuse de su utilidad lo condena a convertirse en un donut hasta que alguien, por amor verdadero, te quite la virginidad. Sólo entonces podrás recuperar tu forma original y ser normal".

 

- ¿De qué vas? Si yo ya no soy virgen - protestó Astarté.

 

"Huy, que putada..."

 

- ¡Alto! - exclamó Eric - Debe haber alguna solución para este problema.

 

"Bueno, puedes cambiar tu donut por otra acompañante hasta que pienses la forma de recuperarla".

 

Eric estuvo de acuerdo. Se oyó un gran estruendo y empezó a llover. De pronto un rayo cayó sobre Astarté despedazándola en mil pedazos, esparciéndose por todos lados. En su lugar apareció un montón de humo, de donde poco a poco se comenzó a vislumbrar una silueta. Era una silueta femenina de un metro sesenta y un cuerpo acojonante. Eric se estaba poniendo cachondo cuando el humo se disperso y pudo ver a la dueña de dicho cuerpo.

 

- ¡Zintia! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es posible? ¿Pero, cómo, esto... ¡Cuanto me alegro de verte! - dijo Eric, confundido.

 

- ¡Pues yo no! Jo, chico, con lo bien que me lo estaba pasando yo en el castillo de Tarantizno y ahora apareces tú y me chafas el plan. Mira que eres patas. Y pensar que estuve a punto de casarme contigo, mira que eres... ¡Pero mírate! ¡Todo músculo, nada de grasa! ¡Pero tú crees que me podría haber casado con un anabolizante! - replicó Zintia.

 

- Pero Zintia, yo..., sólo quiero vengar la muerte de tu padre - se defendió Eric.

 

- ¡Y a mi qué me importa ese viejo! - exclamó, ante la sorpresa de Eric, Zintia - Si gracias a su muerte he encontrado la libertad y el placer.

 

- ¡Oye! Que era tu padre.

 

- ¿Y?

 

- Pues...

 

- ¿Qué?

 

- ¡No!

 

- ¡Aaah!

 

- Pero aun y todo te vienes conmigo a matar a Tarantizno.

 

- ¡No, no y no! Yo no voy contigo ni al altar.

 

- Jo, Zintia, si nos ibamos a casar.

 

- ¿Te crees que no sé que te has estado tirando a Astarté, pedazo bobo cornudo?

 

- ¿Cornudo?

 

- ¿Tú?

 

- ¿Cómo?

 

- ¿Por qué?

 

- ¿Sí?

 

- Claro.

 

- Joe...

 

12/03/2006 13:17 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 23: LA MUERTE DE ZINTIA

CAPÍTULO XXIII.

 

 

Tras siete horas, treinta y dos minutos y quince segundos de conversación absurda, durante los cuales sólo se dijeron monosílabos, Eric lo vio todo claro.

 

Comprendió que Zintia tenía que ser la traidora, la culpable de todo lo ocurrido, el enlace de Tarantizno. Todo encajaba. Justo unas horas antes de que Apolo muriese Zintia se enrrolló con Eric para ganarse su confianza. Ella mató a su padre, no sólo por orden de Tarantizno, sino porque en en realidad le odiaba, ya que no le dejaba ver las películas pornográficas de Kanal Pus. Se fue pronto a su casa aquella tarde, para preparar el asesinato, con la excusa de tener que ayudar a su madre a preparar la cena. Sin embargo, aquella noche encargaron una pizza. Por consiguiente, le mintió. Además, que Zintia matase a su padre explicaría el hecho de que llevara en sus manos una motosierra ensangrentada cuando fue a buscar a Eric aquella noche.

 

Eric también dedujo que Zintia no sólo era esclava de Tarantizno, sino que además era su amante. Por eso no había huido con Astarté cuando ella escapó del pueblo. Y por eso le brillaron los ojos de alegría y entusiasmo cuando él la dejo plantada en el altar. Eric nunca había conseguido justificar aquel brillo de un modo lógico. Nunca..., hasta entonces.

 

Finalmente, también comprendió que si Zintia estaba allí era por orden de Tarantizno, para distraerlo y hacerle perder el tiempo, mientras el concluía su pérfido y diabólico plan. También supuso que Zintia iba a matarlo, basándose, principalmente, en el bazooka multidireccional con mira telescópica con el que le apuntaba entre los ojos desde hacía unos minutos.

 

Eric reaccionó rápidamente. Desenvainó la Ensangrentada y la ensangrentó. De un solo golpe reventó la cabeza de Zintia, cuyo cuerpo, tras dar unos pasos tambaleantes, cayó desplomado sin vida.

 

Eric recogió los trocitos de Astarté en un tarro de cristal que encontró tirado por ahí y se lo guardó en el bolsillo con la esperanza de poder recomponerla algún día. Después decidió coger el bazooka, por si le resultaba de utilidad en el futuro, y se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

 

Lo que Eric no se imaginaba es que poco después de que abandonara la explanada donde había matado a Zintia, su cuerpo descabezado se iba a levantar y a perseguirlo para acabar con él.

 

 

Eric, ajeno a esta movida, se dirigía hacia el castillo de Tarantizno para acabar con esta historia en dos patadas. Pero las dificultades no habían acabado todavía. Frente a él apareció una silueta muy familiar.

 

- ¡Shirley! - exclamó Eric - pensé que no te volvería a ver.

 

- Es increible que hayas llegado tan lejos - le respondió Shirley - Jamás lo hubiera imaginado de un ser raquítico, patético y mononeuronal como tú.

 

- Ya ves, soy una caja de sorpresas.- replicó Eric - De hecho, tengo una sorpresita para ti.

 

- ¿Para mí? ¡Qué emoción! - dijo, en tono irónico, Shirley - ¡Nada te va a ayudar ahora, voy a acabar contigo de una vez por todas, y cuando lo haga, desearías no haberme conocido nunca! - añadió con voz amenazadora.

 

- Es que es un arma... - explicó Eric.

 

- ¿Un arma? Deja que me ría. ¿Qué es? ¿Un desparticularizador subgenerativo plasmático? ¿Un proyector de ondas gamma? ¿Un bazooka multidireccional con mira telescópica?

 

- ¡Bingo!

 

Y, dicho esto, Eric desenfundó su arma, apuntó y apretó el gatillo. El proyectil alcanzó su objetivo, el cual estalló y se fue por varias direcciones a la vez.

 

Eric dejó escapar un grito de euforia, que acabó convirtiéndose en uno de desesperación y terror cuando vio lo que estaba ocurriendo. Los pedazos de Shirley ardían y se juntaban para formar una masa incandescente. Riendo lugubremente, aquel ser de fuego lanzó varias bolas de esa misma naturaleza hacia Eric, alcanzándole de pleno, y dejándole algo quemado.

 

Cuando Eric ya pensaba que aquello era el fin, y Shirley se disponía a darle el tiro de gracia, algo pasó.

 

El cielo se oscureció. Un ruido, leve primero, ensoredecedor después, los abrumó. El suelo comenzó a temblar y ambos pudieron ver como un conjunto de luces de los más diversos colores se iba acercando más y más hasta ponerse a su altura, ocultando el firmamento de la vista de Eric. Un foco de luz descendió sobre Shirley. Esta lanzó un alarido escalofriante y Eric pudo observar que aquel aparato la estaba abduciendo. Shirley penetró en la nave y ésta se marchó a gran velocidad hacia su mundo.

 

Era prácticamente de noche. Eric se quedó mirando fijamente a las estrellas del cielo. "¡Vaya! Parece que ahí arriba, en Thor sabe que galaxia, hay amigos." pensó.

 

De pronto, oyó pasos tras él. Se dio la vuelta justo a tiempo para ver com un ser sin cabeza se abalanzaba sobre él, apretándole el cuello y ahogándole. La cara de Eric comenzó a amoratarse. Eric miró a su alrededor y vio... ¡una piedra de uranio! ¡Justo lo que necesitaba! Sin embargo... estaba fuera del alcance de su mano izquierda; por lo que se conformó con el canto rodado que tenía junto a su mano derecha y lo utilizó para golpear a Zintia en el estómago y quitársela de encima. Eric se incorporó y miró asqueado la aberración con la que había estado a punto de casarse. Estos pensamientos le hicieron estar a punto de desvanecerse, pero se recuperó. Zintia también se recuperó y volvió a atacar, pegando puñetazos y patadas a Eric, el cual intentaba en vano evitar los golpes. Entonces Eric pensó en un modo de matarla que no podía fallar. En el preciso instante en que Zintia levantaba la mano para golpear a Eric, éste alargó la mano y la metió por el agujero del cuello. Rebuscó, tropezando con tráqueas, faringes, y bichos variados, hasta que por fin encontró el corazón. Lo agarró fuertemente y tiró hacia fuera violentamente. Sujetó el corazón de la que antes hubiera sido su amante en alto. Todavía latía. Con su mano lo estrujo y se lo comió. Zintia murió en el acto. Eric también se la comió a ella, disfrutando de una relajante y merecida cena en su compañía.

 

Tras caminar unas pocas semanas por fin llegó a Komer, las tierras de Tarantizno. Ahí, a lo lejos, distinguía la silueta del castillo del tirano. Sin embargo, Eric, subido en una colina como estaba, tenía la impresión de que algo o alguien iba a retrasar nuevamente su venganza.

 

12/03/2006 13:17 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 24: ENTRENANDO LA ENSANGRENTADA

CAPÍTULO XXIV.

 

 

Allí estaba Eric, con la mirada puesta en el valle, con un montón de piedras de uranio alrededor. Debido a su acción en ese valle se había creado un extraño doble interdimensional y estaba donde nunca estaría y nunca llegaría al castillo de Tarantizno por el camino del valle, pero eso no lo sabía Eric.

 

Comenzó a bajar por la ladera, cuando notó que nada le sujetaba al suelo, y que un vacío infinito se había abierto en el suelo, por el que comenzó a deslizarse. Se trataba de una especie de embudo dimensional que desmolecularizó a Eric, el cual quedó reducido a una mínima línea de partículas. Finalmente volvió a ser el mismo, lo habían remolecularizado, pero lo habían hecho a diez metros del suelo: "¡Aaaaaah!" gritó Eric mientras caía. Cuando llegó al suelo lo noto algo durillo. Vio a unos extraños seres que se reían mientras se arrancaban unos a otros los brazos y las piernas. A su lado apareció un extraño individuo que vestía completamente de negro. Decidió que lo mataría más tarde. El hombrecillo lo acompañó en su camino.

 

Por el camino encontrarón un mendigo que debido a una paliza de las gentes del pueblo había quedado tetraplejico y arrastraba las piernas, andando con los brazos. La piel de las piernas no existía, los músculos se le estaban pudriendo así que decidieron poner fin a su sufrimiento, para lo que tuvo que sufrir primero un poquito más de lo normal. Eric manejaba la Ensangrentada en círculos. Cuando el mendigo alzó la mano y sus dedos se pusieron en contacto con el filo de la espada, éstos comenzaron a saltarle en pedazos. El extraño hombre vestido de negro sacó un báculo y apaleó a aquel desgraciado ente medio humano. Cuando Eric estaba llegando al codo el otro atacante golpeó en el abdomen a aquel ser que se dejo caer en el suelo y escupió una larva humana, que latía. Se podía ver con claridad todos los órganos a pesar del líquido rojo verdoso que lo cubría. La piel del cuerpo había quedado totalmente estrujada e inservible, arrugada, como pasada.

 

Entonces apareció otro ser totalmente amarillo con un báculo metálico en la mano. Con ese bastón intentó acabar con la larva antes de que desapareciera en el suelo. Esto, a la larva, no le hizo mucha gracia, por lo que comenzó a subir por el báculo hasta alcanzar el cuerpo y lo traspasó de lado a lado, subiendo por el brazo y siguiendo por todo el cuerpo. Eric, al oir los gritos de dolor y ver la cara de angustia del ser amarillo, comenzó a reírse hasta quedarse sin respiración. Entonces le explicaron que la larva se estaba alimentando de su cuerpo y de su alma y que no encontraría descanso ni en la muerte, y que, si no se alejaba del más aquí y volvía a su realidad, la larva le seguiría cuando se desarrollara. El aspecto consumido de aquel extraño cuerpo amarillo no le hizo mucha gracía a Eric, así que decidió salir de allí cuanto antes y matar a Tarantizno.

 

Junto con su nuevo compañero, llegaron a una ciudad, donde el hombre de negro se dedicó a buscar alojamiento. Mientras, Eric se quedó en una tabernucha, practicando su deporte favorito, la matanza en grupo. Se dedicó a desmembrar a gente, desencajar cráneos, comer ojos, cortar cabezas, arrancar tripas, etc... Cuando terminó con todo ser vivo de la taberna cogió un cuerpo decapitado y metió la mano por el hueco. Notó algo distinto a lo que sintió cuando hizo lo mismo con Zintia. Al principio no le dio importancia, pero al llegar a la altura del corazón cayó en la cuenta de su error. Algo le había mordido la mano. Al sacarla vio una pequeña cabeza monstruosa, acompañada de un cuerpo mezcla de gusano y araña, que intentaba arrancarle la mano, a la vez que absorbía su fuerza vital. Consiguió arrancarse aquel bicho asqueroso antes de quedarse manco y conjuró el fuego con su anillo para asarlo. Repitió este tratamiento con todos los cuerpos que parecían tener este parásito. Más tarde descubrió que era una costumbre del lugar enterrar a los muertos con aquellas craturas dentro para que se dedicaran a comer todos los órganos internos, para así, de este modo utilizar luego la piel para hacer botas. Eric, después de agenciarse varios pares de botas de este tejido tan especial, así como una chupa, también de piel humana, hizo una gran hoguera y se puso a cenar tripas humanas, plato que llevaba sin degustar desde que abandonó Amantis.

 

Cuando llegó a la posada donde le esperaba el extraño ermitaño vestido de negro, se metió a dormir. Entonces el colchón se hundió y comenzó a caer desde ochenta y cinco metros de altura a otra cueva mientras decía: "Ya caigo, ya caigoooo..."

 

12/03/2006 13:25 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 6: LA CARAVANA DE VÍRGENES

CAPÍTULO VI.

 

 

La mañana era extraña. Orome caminaba con un paso ligero pero Astarté y Eric avanzaban pesadamente. No sabían por qué, pero estaban intranquilos. Incluso el aire parecía raro. Por si fuera poco, en un momento dado el primero salió corriendo inesperadamente. Eric y Astarté se miraron con los ojos como ollas. Parecía que les había abandonado. Los problemas empezaban pronto: ¿Sería Orome un espía? Sus dudas desaparecieron cuando al doblar una esquina le encontraron en compañía de dos hombres que transportaban cebada en un carro.

 

- ¡Vamos, ellos nos llevarán!

 

Eric pronto imaginó como Orome había logrado tan cortés oferta. La cara de terror de uno de ellos mostraba que la conversación no había sido amistosa, o bien que Orome le había ofrecido para beber el líquido que transportaba en la calavera que días antes se agenciara. Sin embargo la actitud del segundo hombre parecía diferente. Miraba a sus nuevos compañeros con cierto misterio. La atmósfera entera mostraba esa misma cara misteriosa que tanto intranquilizaba a Eric. El carro se puso en marcha.

 

- ¿De donde vienen, forasteros?- preguntó el misterioso hombre, que decía llamarse Philemmon.

 

- De Amantis- dijo Eric a secas, como queriendo no revelar nada.

 

- ¿Encapuchados?- insistió Philemmon.

 

- No, gracias, no tengo hambre- concluyó Eric, sin entender la pregunta.

 

La noche se echó encima antes de lo esperado, de modo que los tres viajeros se despidieron de los hombres en una encrucijada y buscaron un claro en el bosque en el que poder encender una hoguera. Orome se sumió en un profundo sueño y Eric y Astarté, que no podían conciliarlo, se quedaron despiertos escuchando el partido de la Supercopa.

 

- ¿Como supiste quién era el asesino de Apolo, Eric?- preguntó Astarté.

 

- Porque estuvo en el pueblo. ¿Recuerdas el mensajero de E´Othraim? Pues se le cayó esto...- Mostró el anillo ardiente, que no había podido evitar recoger en una bolsita el día del asesinato de Apolo.

 

- ¿Y qué?

 

- Pero, ¿es qué no ves lo que pone?

 

- Sí, Ruibok. ¿Y qué?

 

- Vamos a ver... ¿Quién es el tipo más pijo que conoces?- inquirió, impaciente, Eric.

 

- Tú.

 

- Bueno, sí, pero el caso es que Travolti es el único que lleva anillos de marca, así que cuando lo encontremos le mataremos y volveremos a Amantis, ¿vale, puta borde?

 

- Amantis...- musitó Astarté mientras una lagrima que Eric no apercibió resbalaba por su mejilla.

 

-¿Ocurre algo?- preguntó Eric, sobresaltado, al ver la triste expresión de la muchacha.

 

- Eric, hay algo que debes saber: Osasuna va perdiendo- entonces Orome, que lo oyó entre sueños, prorrumpió en insultos contra el técnico rojillo que tuvo la idea de echar a Moisés.

 

- Dime, Astarté, ¿sabes algo de esos encapuchados de los que habló Philemmon?

 

- Me parece que eso también deberías saberlo, Eric- y comenzó un largo relato- Verás: hará mes y medio, Arteniaín desapareció y al día siguiente tres extraños magos cuya insignia era una estrella...

 

- ¿Los Reyes Magos?

 

- ¡Cállate, bobo!- dijo Astarté después de que sus cinco dedos formasen otra estrella en la cara de Eric- Como decía: tres extraños magos cuya insignia era una estrella de nueve puntas y media aparecieron rodeados de un ejercito de orcos y wargos y sometieron la aldea.

 

- ¿No os defendisteis?

 

- Fue difícil, ya que todos estábamos en el templo de Thor esperando a que volvieses para seguir el bodorrio, y ya sabes que en presencia de un dios no se puede pegar uno con nadie. Como habías dicho que volverías en seguida...

 

Quince minutos más tarde, una vez que Astarté hubo reanimado al impactado Eric (bastó con un par de lametones), se reanudó la conversación.

 

- ¡Mes y medio esperando!- comenzó a gritar el pobre chaval, y esta vez fue él el que hizo fosilizar sus cinco dedos en la mejilla de su interlocutora.

 

- Bueno, bueno, tranquilo- dijo ella, hablando con gran dificultad y considerando que estaban en paz - Ahorraré detalles sin importancia. El caso es que todas las vírgenes fueron llevadas a Morder como tributo a no sé quién. Zintia está allí también. Yo, sin embargo, conseguí escapar en la Revolución de los Encapuchados, dirigida por Rosanis. Conseguimos llegar a una aldea rodeada de romanox, donde Asteris nos ofreció recompensas si lográbamos dar caza a un tal Eric.

 

- O sea, que no me seguiste por orden de Zintia...

 

- Sí que lo hice. Ella fue quien posibilitó mi fuga. Te echa de menos. No te lo dije porque sé que hubieras vuelto a salvarla, y ella me dijo que lograra a toda costa que no detuvieras tu camino y arriesgaras en vano tu vida. Además quería ligarse a uno de los magos antes de que volvieras, y esto te lo digo como amiga.

 

- Rosanis tenía razón respecto a la escuela de magia, y Arteniaín se ha salido con la suya. Por cierto, ¿y Rosanis?

 

- Sigue a la caravana de las vírgenes hacia Morder, con los demás. Las últimas noticias que conseguí de ellos fueron que la caravana se detuvo en el castillo de Travolti, que es donde nos reuniremos con ellos e intentaremos liberarlas.

 

Eric se quedó pensativo. Astarté miraba a la Luna. Algo les decía que su camino no acabaría en el castillo de Travolti. Tampoco comprendían bien el poder del anillo y su relación con todo aquello, pero sí sabían que, tal como dijera el supuesto mensajero de E´Othraim, algo se movía en Morder. Mientras tanto, Eric miraba a Astarté, sus cabellos morenos, sus ojos del color de la Luna, sus mejillas calientes (sobre todo la de los cinco dedos). Sus miradas se cruzaron. Se acercaron. Se acercaron más, mucho más. De repente Eric se apartó bruscamente.

 

- ¿Qué ocurre?- preguntó Astarté- ¿Zintia?

 

- No, es que Osasuna acaba de empatar- Dicho esto apagó Ohnda Diex, se acercó de nuevo a Astarté, y comprobó lo infiel que puede llegar a ser un hombre prometido (y la otra también, no te pienses)- Sólo me queda una duda: ¿como escapaste?

 

- Es que Zintia y yo fuimos capturadas como vírgenes, así que mantuvimos una relación lésbica y ella me metió la mano en el conejo. Como ya no era virgen me tuvieron que soltar.

 

- ¿Ya no eres virgen? Entonces no te importará que...

 

- No, no me importa.

 

 

Orome abrió un ojo. Los otros dos dormían... ¿desnudos? Pero el había oído algo. Se puso en pie. Alguien había pintado en los cuerpos de Eric y Astarté sendas estrellas de nueve puntas y media. Miró en derredor y le pareció distinguir una silueta. Cerró los ojos, se concentró y sin abrirlos lanzó su mazo mágico. Una lluvia de vísceras le indicó que había dado en el blanco. Era Philemmon... o, bueno, ya no lo era. No despertó a los otros, pero a partir de entonces no permitió que el sueño lo dominara y pasó el resto de la noche agarrado a su mazo.

 

12/03/2006 12:22 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 25: EN EL POZO

CAPÍTULO XXV.

 

 

Cayendo como estaba, Eric decidió cuantificar las dimensiones del ostión que se iba a pegar si seguía en esa dirección (hacia el duro suelo). Se asustó cuando calculó la velocidad con que se iba a dar el guarrazo si su situación no cambiaba en cosa de media hora.

 

Pero como "no hay mal que por bien no venga", Eric concluyó que si se la pegaba la palmaba (siempre he dicho que este chico valía), así que decidió buscarle el lado positivo a la cosa: si la palmaba, se iría de este cerdo y asqueroso mundo (o por lo menos eso creía), todos sus problemas, todas las chorradas que unos cuantos escritores llevaban meses inventando para-contra él, todos sus enemigos desaparecerían y se acabarían para siempre. "Visto así, no suena nada mal lo de la megatoña", pensó Eric con su última neurona. Tan buena era la perspectiva de palmarla, que se puso de espaldas al suelo y empezó a soplar hacia arriba para llegar antes hasta un sólido que lo "frenara".

 

"Rectificar es de sabios", se dijo a sí mismo Eric. ¿Por qué? Pues para justificar de algún modo el miedo que tenía a morir: "Tengo que acabar con Tarantizno, tengo que volver a ocupar la posición de estrella que me corresponde". El caso es que Eric no se quería morir, así que se dio la vuelta y empezó a soplar para frenar su caída.

 

Cerebro no sé, pero pulmones no le faltan a este chico, así que en poco tiempo consiguió pararse, y ya que se había puesto, decidió seguir soplando para llegar hasta arriba, y entonces comenzó su ascensión. Pero, como ya hemos dicho, muy listo no era, así que no reparó en un saliente en la roca y se la pegó, quedando inconsciente y cayendo hasta el suelo. Fueron sólo cinco metros, pero suficientes para que Eric repasara todo el árbol familiar de la roca, llegando hasta su familiar más lejano, el "Big-bang". Tras este extenso repaso, se puso a escalar, ya que se le había pinchado un pulmón al caer y no podía subir soplando. Y mientras subía y subía pensaba: "¡Ya voy, Tarantizno, ya voy!".
12/03/2006 13:25 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 26: EL CLARO DE LAS SORPRESAS

CAPÍTULO XXVI.

 

 

Ya llegando arriba, Eric adivinó que aquello era una trampa. Era un agujero real que habían hecho en su lecho. Fuera quien fuera el traidor, lo pagaría. Su plan estaba trazado. La escalada había sido tan larga que había hecho un montón de amigos. Del agujero salieron a una con Eric mil y pico topos, gusanos, culebras, fósiles, que tenían un hambre voraz. Eric les indicó la dirección en que se hallaba la salida y descansó un rato. Al salir afuera vio el espectáculo más cruento, sangriento y petrificante que jamás imaginara. Los bichos retozaban en las entrañas de toda criatura viviente y rasgaban todo tejido mientras devoraban todo órgano comestible (o sea, todos). De modo que Eric quedó solo. Entonces decidió que la visita había concluído, y dando media vuelta, se dirigió hacia el "Claro de las Sorpresas".

 

Eric alzó la vista. Se estaba poniendo nervioso. Sabía que en los proximos instantes todo acabaría, ya fuera para bien o para mal. El futuro de la existencia estaba en su mano. Pero tenía que darse prisa, pues la Ensangrentada estaba hambrienta y no tardaría en saciar sus necesidades. Eric echó la mirada atrás. Recordó todas sus ya pasadas aventuras, sus pruebas, sus batallas. Si ahora flaqueaba todo habría sido en vano. Por último miró a la Luna, que aun siendo de día resplandecía más que el sol. Se juró a sí mismo que esa no sería la última vez que la vería, y decidió que valía la pena morir para que el resto del mundo la contemplara.

 

El camino hacia el castillo era recto. Ya no había recovecos ni monstruos ni tuneles ni montañas ni nada. Solamente un camino recto al que llegaría nada más atravesar el claro en el que se hallaba. Entonces su cerebro envió mediante un nervio motor un estímulo a uno de sus músculos. Este se contrajo y se produjo el movimiento. Su pierna derecha avanzó un paso. Una vez que hubo dado el paso a escasa distancia de donde estaba Eric un elfo pasó a toda velocidad montado en su jaca, con tan mala suerte que tropezó con la pierna de Eric y cayó al suelo. El golpe fue mortal. Eric, inalterado, reparó en el hermoso animal que su fortuna le había brindado, así que lo montó, extrajo su espada, y se dispuso a reanudar la marcha.

 

Cuando el bicho empezó a moverse, ocurrió algo inesperado: un orco que vigilaba el claro chocó contra el único árbol que se hallaba en él y entró en coma profundo. Eric, algo aturdido por lo que acababa de ver y por la mueca de dolor que reflejaba el orco, desmontó y se acercó. Inmediatamente le llamó la atención el brillo de un extraño metal que lucía sobre el inerte cuerpo de la criatura. Vio que se trataba de una coraza muy parecida a la que recibiera él por su cumpleaños muchos años atrás y que había sido robada por un orco. Pensó un momento. Orco, coraza, cumpleaños, robo, Ensangrentada... Esta última palabra fue la que más sugerente le pareció. Después de una megamasacre con el pobre orco Eric había matado dos pájaros de un tiro: la Ensangrentada se había calmado de momento y tenía una armadura para la lucha.

 

Montó en su jaca con su armadura y su espada y volvió a gritarle para que se moviera. Entonces avanzó unos pasos. Bastaron tres o cuatro para que ocurriese algo insospechado: dos vikingos aparecieron cada uno por un lado del claro y se abalanzaron el uno sobre el otro. El choque fue tan violento como incompatible con la vida, de modo que dos cadáveres cerraban el paso a Eric. Eric desmontó. Se acercó. Uno de los dos cuerpos lucía un hermoso casco con dos cuernos. Eric se lo probó, con tanto entusiasmo que se lo puso al revés. "¡Aaaah!" - gritó al ver manar su sangre de dos agujeros que le dejaron sendas calvas. Luego se puso bien el casco y reparó en que existía una explicación para sus profundas heridas: los cuernos del casco eran de ciervo del norte. Pero el caso es que le quedaba muy bien. Se volvió hacia el otro cuerpo. No parecía que tuviera nada de valor. Al registrarlo Eric encontró una piedra de uranio que como no le servía de nada, se la dio de comer a su montura, la cual comenzó a desfigurarse hasta que se transformó en lo que parecía ser un Porxe 959´71 Cupé con frenos Ahíbaese y cinco puertas, a pagar en incómodos plazos. Eric sacó la calderilla que llevaba y pagó el primer plazo. El coche era suyo. Tomó las llaves y dio al contacto. Entonces, para sorpresa de Eric unos pedales de bicicleta con reflectantes asomaron bajo sus pies. Como de todas formas no tenía gasolina no le importó que le hubieran puesto ese accesorio al coche. Lo que sí le importó fue que al empujar el pedal y ponerlo en marcha cayeran al suelo las piezas grises metalizadas de la carrocería y quedará al descubierto el triciclo que ocultaban. Intentó perseguir al cobrador para reclamar, pero éste fue más rápido y no tardó en desaparecer tras unos arbustos. Entonces Eric pensó que valía la pena clamarse. A fin de cuentas el triciclo no era tan antiguo: tenía radio-caíste con occipital extraíble, barras laterales de protección, elevalunas hidráulico (el problema era que tenía que cargar con la central hidraúlica, incluidos el salto de agua y el pantano), y tenía un campo de tenis en la parte trasera. Vamos, que no estaba del todo mal.

 

Empezó a pedalear cuando, de repente, un mago que viajaba en una nube perdió el equilibrio y cayó sobre unas ramas secas que estaban dispuestas verticalmente y cuyas puntas eran impresionantes. El pobre mago perdió en la caída su sombrero de copa, que contenía toda su magia, y nada pudo hacer para evitar que las ya mencionadas y repito, impresionantes, puntas de rama penetraran sin remedio hasta hacer contacto con todos y cada uno de los órganos vitales de su cuerpo. El caso es que el sombrero de copa cayó a las manos de Eric. Primero se tomó la copa y luego procedió a examinar el sombrero por dentro. Allí encontró un escudo, tan bonito y reluciente que se lo quedó. A todo esto decidió abandonar el triciclo, pues le era muy molesto, y cuando encontró al cobrador le obligó a que le devolviera su jaca.

 

Cuando llegó al final del claro Eric poseía, aparte de su jaca, su espada, su armadura, su escudo y su casco un ayudante con su mula, una libreta para que éste apuntara los golpes que se anotara cada uno en la batalla, un libro sobre cómo acabar bien una historia, un pasaporte para la eternidad, una cubertería de plata rebañada en oro de ley (que era ilegal), un viaje de ida y vuelta para que visitara a su futurólogo particular, un pin de los caballeros del sobaco, un muñequito de la guerra de las nebulosas que decía: "Que la juerga te acompañe", el primer fascículo de una colección de mariposas escandinavas y una muestra real de titanio enriquecido con positrones. Realmente era su día de suerte. El claro quedó lleno de masas humanas y la Ensangrentada se empachó. Sin embargo, a la salida del claro estaba el típico mendigo gorroneando cosas y Eric le dio todo lo que había cogido a partir de la libreta.

 

Ahí estaba el camino. Sólo tenía que seguirlo y ya la suerte estaría echada. Aunque Eric no lo sabía, estaba frente a la puerta trasera del castillo. Por la puerta principal no dejaban de salir ejércitos que partían con la misión de destruir todo lo que se encontraran. Eric ignoraba que era ahora responsabilidad suya el acabar con el jefe de los ejércitos antes de que el mundo fuera destruido. A decir verdad, después del paso de Eric pocas cosas quedaban ya por destruir. Lo cierto es que sólo quedaba su aldea, que se preparaba bajo el mando del arrepentido Arteniain para defenderse hasta que le llegase la muerte o hasta que Eric lograra su propósito. Estaba, pues, a las puertas del triunfo o del fracaso, a un paso de la gloria y de la muerte, con un pie en el suelo y el otro tambaleándose sobre los infiernos.

 

¿Y Tarantizno? Tarantizno esperaba. Veía acercarse a Eric. Reconoció al rival que el destino le había hecho encontrar. No cerró ninguna puerta del castillo, no dejó ningún guardia. Lo que tenía que acontecer era entre Eric y él, nadie más. No tenía más arma que el poder que se decía que poseía y su tridente, legado del mismísimo Satanas. Eric tenía la Ensangrentada pero, ojo, tenía también el anillo, y eso hacía temblar a Tarantizno. Este preparó su caballo negro como la noche y salió al patio de su castillo, desde el cual le pareció ya oír el paso decidido del animal de montura de Eric. Este entró y fue recibido por Tarantizno. Ambos guardaron las formas y pasaron al interior del "Salón del Destino", que era el campo neutral de batalla homologado para estos casos.

 

Y se hizo la noche...

 

12/03/2006 13:26 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 27: LA ÚLTIMA GRAN BATALLA

CAPÍTULO XXVII.

 

Los dos rivales se miraban fijamente, frente a frente. Su mirada denotaba un odio irreconciliable. Eric sostenía fuertemente la Ensangrentada con ambas manos. Tarantizno sujetaba el tridente de Satanás con su mano derecha y lo dirigía hacia Eric, con mirada amenazadora. Así pasaron unos minutos, durante los cuales la tensión se podía respirar en el ambiente.
Por fin, Eric inició su ataque. Lanzó varios mandobles contra Tarantizno, que los detuvo sin mayores complicaciones con su tridente.
- Te voy a matar- amenazó Eric.
- Qué pahnq eres- respondió, inmutable, Tarantizno.
- ¿Y qué esperabas?- dijo Eric mientras atacaba de nuevo.
Tarantizno esquivó los golpes y le dijo:
- No veo razón para que estés tan enfadado.
Eric lanzó una risa irónica y maliciosa. Con voz crispada por el odio se dirigió a Tarantizno con las siguientes expresiones:
- ¡¿Qué no?!¡Mataste a Apolo! - los golpes de ambas armas resonaban por toda la sala - ¡Por tu culpa murieron muchos amigos! - Eric evocó en su mente las imágenes de Orome, Algómedes, Ulmo, Rosanis y tantos otros.-¡Sometiste a mi pueblo a torturas y esclavitud!- la pelea resultaba estremecedora. Ninguno de ellos bajaba la guardia, un pequeño error podía costarles la vida.- ¡Secuestraste a todas las vírgenes de mi pueblo y... ¡Auch! - Tarantizno había alcanzado con su tridente la pierna de Eric, haciéndole una herida no demasiado profunda, de donde brotaba un hilillo de sangre. Eric se echó la mano a la herida y, jadeando,miró a Tarantizno, que reía despiadadamente.
- ¡Y te tirabas a mi novia, cabrón! - añadió Eric, fuera de sí.
Tarantizno seguía riendo, lo que Eric aprovechó para golpearle con el mango de su espada en la boca, rompiendole varios dientes. Tarantizno, después de escupir sangre, encías y polvo de dientes dijo:
- Sí, en efecto, yo me tiraba a Zintia. Pero yo no la obligué a nada. Ella no sentía nada por ti. Nunca sintió nada por ti. Nunca se hubiera liado contigo de no habérselo mandado yo.
- ¡Mientes!¡Ella fue mi gran amor, yo siempre la quise, ella fue la primera!
- ¿Ah, sí?- respondió Tarantizno, misteriosamente- ¿Y que pasó en invierno de hace seis años?¿Esa mujer que una noche llegó a tu casa en busca de refugio?
- ¿Cómo sabes tú eso?
- Me lo contó ella misma, por que ella era mi madre.
- Entonces, yo...
- Sí, tú eres mi padre.
Eric no se lo podía creer. Nuevamente el destino le jugaba una mala pasada. Cayó rodillas al suelo, y mirando al firmamento estrellado gritó desesperadamente:
- ¡¡¡Noooo!!!¡No puede ser!¡Nooo!
Ya una vez recuperado del shock, entró en razón, y se dio cuenta de que era imposible que Tarantizno fuera su hijo.
- Es un farol - le dijo - eres mucho mayor que yo. No puedes ser mi hijo.
- Te explicaré la historia. Mi madre era una mujer muy inteligente y ambiciosa. Quería que su dinastía llegara a dominar el mundo, y para ello creó un extraño ser perfecto, yo. El Dr Steiner, mediante su máquina de regresión y avance en el tiempo me transportó desde el futuro con mis planes para dominar el mundo mientras convivía con mi yo del presente.
- Entonces, ¿dónde está tu otro yo?
- Está en un extraño estado de crisálida alimentándose de la energía neutra de los seres de otros entes interdimensionales, a los que después de digerir sus partes vitales parasita hasta que caen descompuestos. De este modo cuando yo muera él estará preparado para digerirte, y continuar con mi obra.
- Sólo me ha quedado una duda: ¿Qué haces con los cuerpos descompuestos, te los comes, los utilizas para tus experimentos, o bien, los das para los pobres?
- Nada, simplemente los tengo como recuerdo en el frontal de mi cama, para tener dulces sueños.
- ¡Qué guay! ¿Me dejas quedarme con alguno?
- ¡¡Ahhh!!.. te compras.
La lucha continuó, Eric manejaba su espada, Tarantizno luchaba con su tridente. En esto Tarantizno dijo:
- Ahora viene una sorpresita, ¡Ja, je, ji, jo, ju !
Tras esto, y ante la mirada anonadada de Eric, pulsó el botón de un mando de distancia que llevaba en el bolsillo. Dos abismos se abrieron a ambos lados de los contendientes.
-¿Qué es esto?- exclamó, asustado, Eric.
-Un pequeño truco para que no me pegues más y yo si te pueda pegar- le respondió Tarantizno.
- ¿Y ahora que hago yo?
- Tienes dos opciones. O bien te unes a nosotros, o bien mueres en manos de tu propio hijo.
- No pienso morir.
- O eso, o unirte a mí. Juntos dominaremos el mundo, nadie podrá con nosotros- Tarantizno hablaba con tono lúgubre, pero sabiendo que tenía la batalla prácticamente ganada. Sólo le faltaba convencer a Eric, lo cual no le parecía demasiado complicado. Extendió su mano. Eric miraba al abismo, agarrado a la barandilla. No podía ver el fondo, lo cual resultaba muy impresionante. Parecía que aquel agujero llegara hasta el otro lado de la tierra y una vez allí continuara hasta el espacio exterior. Tarantizno habló nuevamente:
- Vamos, únete a mí,... papá.
- ¡¡¡Nooooo!!!
Dicho esto, y ante la sorpresa de Tarantizno, Eric saltó al vacío. Tarantizno, al verlo, puso cara de resignación y salió del "Salón de Destino".
La caída de Eric resultó muy larga. No sabía exactamente cómo, pero el caso es que no fue demasiado dolorosa. Al parecer, había atravesado una especie de barrera amortiguadora invisible. Solamente se encontraba un poco aturdido. Miró a su alrededor. Estaba en unos extraños laboratorios. Muchos seres con bata blanca trabajaban en diversos experimentos. Llevaban objetos y líquidos. Trajinaban con máquinas muy curiosas.
Se levantó y dio unos pocos pasos inseguros. Uno de los trabajadores, calvo, y mayor que los demás, parecía el supervisor de todas las tareas. El hombre en cuestión vio a Eric y se acercó rapidamente hacía él. Eric se dio cuenta de que sus intenciones no eran amistosas, por lo que con mucho esfuerzo, empuñó la Ensangrentada. Demasiado tarde. El científico le estaba apuntando con un arma.
- ¡Eric de Amantis!- exclamó- ¡Por fin nos conocemos!
- ¿Quién eres tú?
- Soy el Dr Steiner.
- ¿Y?
- Y trabajó para Tarantizno, soy el jefe del laboratorio que tienes a tu alrededor.
Eric volvió a echar una mirada al laboratorio. Se fijó en una especie de tanques de agua, en cuyo interior había unas mujeres. Fijándose un poco mejor se dio cuenta de que las conocía. La mayoría de ellas eran conciudadanas suyas. ¡Por fin había encontrado a las vírgenes de su pueblo!
- ¿Qué les has hecho a mis amigas?- preguntó Eric con tono amenazador.
- ¿Cómo? ¿No lo sabes? Chico, debes ser el único que aún no se ha enterado de los planes de Tarantizno.
- Déjate de rodeos y habla: ¿qué les estás haciendo?
- Es muy sencillo, mediante un proceso de mutación muy sotisficado las he transformado en bestias sanguinarias. Con ellas crearemos un ejército que destruya a la civilización para que comience la era Tarantizno.
- ¿Y por qué las vírgenes?
- El proceso de mutación precisa de la presencia de un órgano femenino llamado himen, que sólo se encuentra en las vírgenes.
- Ah.
Eric se dio cuenta de que tenía que idear rapidamente un plan para liberar a las vírgenes o aquel maquiavélico científico las convertiría en monstruos. Tenía que impedirlo. Mientras pensaba, el Dr Steiner seguía hablando sobre el experimento.
- ...y por eso, la reacción entre el anión acetato y el sodio de la sangre forma un precipitado en las venas, que, con la influencia del bromuro potásico activado por medio de catalizadores de contacto, con los que...
Mientras el Dr Steiner continuaba su interesante explicación sobre como convertir un ser aparentemente normal en un bicho asqueroso Eric se había ido recuperando del golpe y nuevamente se encontraba en plena forma. Empuñaba fuertemente su espada. El científico parecía distraído. Con un golpe seco y directo Eric le cortó el brazo con el que sostenía su revólver. Entonces, el Dr Steiner comenzó a gritar y aullar de dolor, mientras la sangre manaba a borbotones de su herida. Cayó al suelo y ahí se quedó, retorciéndose de dolor.
Eric actuó rapidamente. No tenía un segundo que perder. Tenía que salvar a todas las vírgenes antes de que alguien diera la alarma. Se acercó hacia el primer tanque, e intentó abrirlo. Fue en vano. Había que introducir una contraseña y Eric no tenía ni la más remota idea de cual podía ser. Se acercó al Dr Steiner y le preguntó, con tono amenazador:
- ¿Le importaría darme la contraseña de los tanques, o prefiere que le arrance, uno a uno, todos los órganos vitales de su cuerpo con un palillo?
- Uno...cinco...cinc...cinco...siet...siet...siet...- El pobre hombre balbuceaba números que Eric no podía entender.
En ese momento oyó un ruido delante suya. Levantó la vista y el terror se dibujó en su cara. En frente suya se había abierto una compuerta y había aparecido Tarantizno, armado con su tridente, y con los ojos inyectados en sangre. Se acercó a Eric y le propinó un golpe en la cara con el mango del tridente, haciéndole volar por los aires. Eric chocó de espaldas con una pared y cayó al suelo, donde se quedó tumbado, observando los acontecimientos. Tarantizno le estaba gritando al Dr Steiner.
- ¡Estúpido!¿Cómo te has dejado vencer por ese alfeñique?¡Has estado a punto de desbaratar todo el plan!¡Mereces morir!
Mientras Tarantizno le gritaba al científico este le pedía clemencia, cubriéndose la cabeza con la mano y el muñón. Sin embargo, Tarantizno no se la concedió, levantó el tridente, dispuesto a clavarselo en la cabeza, cuando una voz femenina se lo impidió.
-¡Alto!- gritó- ¿Qué crees que estás haciendo, hijo?
Eric reconoció esa voz al instante, aunque no era capaz de creérselo. Miró a la mujer que había hablado, pestañeó, se frotó los ojos, se golpeó la cabeza y se pellizcó para comprobar que no estaba soñando. No, no estaba soñando. Era Coral, la mujer de Apolo, la madre de Zintia, la tía de Astarté y, al parecer, la madre de Tarantizno. Ya nada encajaba en la mente de Eric. Se desmayó, aturdido. Cuando se despertó, Coral estaba delante suya. No debía haber pasado demasiado tiempo desde que perdiera el conocimiento. Aun estaba en el laboratorio y aun estaban allí Tarantizno y el Dr Steiner. Eric esperaba algún tipo de explicación, y la pidió.
- ¿Una explicación?- exclamó Coral - ¿Acaso no está todo suficientemente claro?¿Qué dudas tienes?
- La primera de todas: ¿eres tú la madre de Tarantizno y por tanto, la mujer con la que me acosté aquella noche?
- Sí, por supuesto- respondió Coral.
- Pero... no tenías esa cara, ni te parecías en nada, ni...
- Calla, todo tiene explicación. Mediante una fórmula del Dr Steiner cambié de apariencia durante esa noche, para así seducirte y tener un hijo tuyo que dominara el mundo.
- Entonces... Zintia es hermanastra de Tarantizno, ¿no?
- Sí.
- ¡Qué asco!
- Asco no, morbo.- replicó Tarantizno.
- Entonces eres tú la que has planeado todo esto, la que ha movido los hilos de nuestras vidas a lo largo de estos últimos meses. Tú eres la mente diabólica que desea dominar el mundo, y no te detendrás ante nada ni nadie hasta conseguirlo. Tú ayudaste a Zintia a matar a Apolo. Tú... tú... ¡no te saldrás con la tuya!
- Sí, sí, bla, bla, bla - interrumpió Coral- Muy bonito y emotivo, pero hablar no te servirá de nada. Fíjate bien, estás rodeado, encerrado en una fortaleza inexpugnable, y encima, estás desarmado.
Era verdad, había perdido la Ensangrentada. Durante su desmayo se la habían quitado. Era el fin. Pensó en Astarté, la única persona que lo había querido de verdad, a la que no había podido salvar. Metió la mano en el bolsillo y extrajo el bote en el que guardaba los pedacitos de Astarté. Lo miró por última vez. Después, se quitó el anillo, cuyo extraño poder nunca había alcanzado a comprender, y que quizá, en otras manos, hubiera podido servir de algo. Se sentía muy frustrado. Todos sus esfuerzos, todos sus asesinatos, todos sus sacrificios no habían servido para nada. Por lo menos intentaría salvar ese anillo. Lo metió en el bote, entre las vísceras. Con un último esfuerzo se levantó y lo lanzó, fuertemente, hacia el tragaluz que había en lo alto del techo. "No lo conseguirá" pensó Coral. Para su sorpresa, el bote subió y subió, atravesó el estrecho tragaluz de cristal, y cayó lejos del reino de Komer.
Coral estaba furiosa. Ese anillo habría sido una gran ayuda cara a sus intereses. Miró a Eric, y decidió que ya había sobrevivido bastante. Ella misma se acercó hasta Eric y comenzó a forcejear con él. Eric se resistía en vano. Esa mujer, además de despiadada, era muy fuerte. A Eric apenas le quedaban fuerzas y ya no gozaba de la protección del anillo. Tras unos pocos minutos de lucha infructuosa no aguantó más. Coral agujereó sus ojos con un punzón y después introdujo litros y litros de coagulante por los agujeros que había creado. Eric sentía como todas las venas y arterias de su cuerpo se obstruían. Su corazón dejó de latir. Murió. Su cuerpo sin vida se desplomó, y Coral se echó a reír.
- ¡Bravo!- gritó Tarantizno- ¡Ahora sí que nada nos detendrá!
- ¿"Nos"? - preguntó, sarcásticamente, Coral.
- Sí, claro, nos..., tú..., yo..., el doctor este..., los ejércitos...
Tarantizno intentaba explicarse, mientras Coral se le acercaba con mirada amenazadora y divertida. Entonces Tarantizno bajó la vista y se fijó en que el Dr Steiner había muerto desangrado. Cuando la volvió a levantar vio como su madre le había rodeado el cuello con una cuerda de acero.
- ¿Pero qué haces? - preguntó, histérico, Tarantizno- ¡Quítame esta cosa de encima!¡No! Ggggjj...
Coral había acabado con la vida de Tarantizno. Era necesario para llevar a cabo su maléfico plan. Llamó a uno de los múltiples esclavos que habían observado los acontecimientos y le mandó que llevara los tres cadáveres a la máquina de integración. Los esclavos obedecieron y pusieron en marcha dicha máquina. Al cabo de una rato, un nuevo ser, con la inteligencia del Dr Steiner, la fortaleza y crueldad de Tarantizno y la decisión y voluntad de Eric, se había formado. Coral lo miró entusiasmada. Su aspecto era intimidante. Era el perfecto general para los ejércitos que acababa de crear. Lo llamó Taranteric.
Después se acercó hasta la cámara donde la crisálida del Tarantizno del presente se encontraba, alimentándose.
- Come, hijo mío - susurró Coral - Aliméntate y crece, algún día serás el dueño del mundo.
Coral, una vez abandonada la cámara, volvió a los laboratorios. En las pantallas de los ordenadores podía ver como sus ejércitos conquistaban todo el mundo.
Nadie podría nunca acabar con el reinado de terror de Coral.
¿Nadie?

 

FIN
12/03/2006 13:31 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

CAPÍTULO 7: LA MUERTE DE OROME

CAPÍTULO VII.

 

 

Orome se despertó pronto pues no podía dormir. Nada más despertarse fue a bañarse al lago que estaba cerca de ahí. Mientras, Eric dormía abrazado a Astarté, con una mano en uno de sus pechos y la otra bien agarrada a su espalda. Las manos de Astarté no estaban a la vista, pero ella lucía una amplia sonrisa.

 

Orome llegó al lago gracias a un camino de tierra que había descubierto entre unos árboles. El camino era estrecho y lleno de piedras, pero afortunadamente también era corto y Orome llegó pronto al lago. Una vez allí se despojó de su ropa y se metió en el lago. El agua era cristalina y fría, pero producía una sensación de relax que Orome no había disfrutado jamás. Se tumbó en la superficie del lago y se quedó dormido oyendo el dulce piar de los pájaros.

 

Al cabo de un rato una mano le despertó. Era Eric, que había bajado al lago para avisarle que tenían que proseguir el viaje si querían estar a medio camino del castillo de Jhonny antes de la puesta de sol. Orome se apresuró a buscar su ropa y volvió donde estaba Eric. Justo en ese momento Orome notó que su aracnoinsentido se activaba. Sin saber realmente por qué, le asestó un martillazo a Eric, quien cayó al suelo y se desvaneció en el aire. En su lugar apareció una mujer que le sorprendió por su belleza. Era Shirley y estaba dispuesta a terminar con Orome.

 

La pelea había comenzado. Orome lanzaba su martillo sin ton ni son al cuerpo de Shirley para tratar de espantarla. Sin embargo Shirley se iba acercando más y más. Orome se dio cuenta de que no se iba a asustar y se lanzó al cuerpo a cuerpo. Shirley soltaba mordiscos intentando arrancarle la cabeza. Orome trataba de asestar puñetazos al cuerpo de Shirley, pero no lo conseguía ya que continuamente sus manos se detenían atraídas por los pechos de Shirley y ahí se quedaban un buen rato. Mientras Shirley dio el mordisco definitivo en cuello de Orome. Este expulsó un último grito de dolor.

 

Eric y Astarté bajaron corriendo al lago de donde salió el grito. Al llegar vieron a la mujer encima de Orome. Tanto Eric como Astarté pensaron que el grito de Orome había sido de placer y no de dolor. En ese momento Eric se dio cuenta de que la mujer era Shirley. No se lo podía creer.

 

- ¡Shirley!¡No puede ser!¡Yo mismo te maté!- exclamó, sobresaltado, Eric.

 

Shirley prorrumpió en una risa dantesca mientras decía, con voz de ultratumba y mirada perdida:

 

- Te dije que volvería por ti - Su boca estaba inundada de sangre de Orome y le resbalaba por la cara y el cuello- Primero morirán tus amigos y luego tú.- Y dicho esto se volatilizó quedando en el aire el eco de su risa.

 

- ¿Como es posible?- preguntó Astarté- oye, se te ha levantado.

 

- Esto... sé que parece mentira, pero es la única explicación racional: Shirley es un demonio, un servidor de la muerte para ser más exactos. Ya sabes que me hizo prisionero, gracias a ti que me salvaste, que si no..., bueno, supongo que podrá adoptar cualquier forma, y adoptó la tuya para engañarle y así matarlo.

 

- Yo más bien creo que tomó la tuya.

 

- Orome era un guerrero, no un marica.

 

- Bueno, tú sí eres un hombre, pero él... no estoy segura.

 

- Habrá que enterrarlo, ve a buscar el traje de difunto y se lo ponemos.

 

- Oye, que no tenemos.

 

- Bueno, tú desnuda estás buenísima.

 

- Pillín.

 

- Ve a buscar algo para ponérselo.

 

- Sí, claro, ahora resulta que los árboles dan trajes, ¿no?. A ver, un Giorgio Armani en aquel pino... no mejor el Polo Ralf Lauren de aquel ciprés...

 

- ¡Pues coge hojas, boba, y haz un traje!

 

- Vale, ahora vuelvo, tú ve desnudándolo.

 

Astarté se marchó a buscar hojas con las que hacer un traje, pero le resultó muy difícil, por lo que lo dejó y aceptó la sugerencia de Eric. Además, era verdad, desnuda estaba buenísima, tanto que decidió gozar de los placeres que le ofrecía su cuerpo antes de volver con Eric.

 

Cuando volvió Eric estaba blanco y parecía que le habían robado el alma.

 

- ¿Qué te pasa?- preguntó, asustada, Astarté.

 

- Mira.

 

Orome estaba desnudo en el suelo. No tenía miembro viril. O bien se lo había arrancado Shirley, o bien no lo había tenido nunca. Además, descubrieron en el pecho una cinta aislante, que disimulaba un par de pechos que ni la Sabrina. Era una tía con barba.

 

- Ahora lo entiendo todo- dijo Astarté- ¿Sabes por qué te saqué el otro día de la habitación de la posada?

 

- Porque tenía que ser fiel a mi prometida y no debía ponerle los cuernos.

 

- Anda ya, entonces no te habría dejado hacerme el amor. Además, ella ya se habrá tirado al mago. ¿No te sonaba de algo la cara de la hija del posadero?

 

- Pues, ahora que lo dices...

 

- ¡Coño, que era la Be Nen Oh!

 

- ¡Ah, sí! ¡Ya decía yo que la había visto en algún sitio! Ahora me explico como lo hicieron el otro día.

 

- Claro, él gozaba y ella penetraba.

 

- ¡Buaj! ¡Me da asco!- y sin querer vomitó encima de Orome.

 

- Ahora sí que no lo enterramos, me da un puto asco de la ostia.- y ella también vomitó sobre él.

 

- Bueno, entonces lo dejamos aquí.

 

- Espera, Eric, quitémosle las joyas, que deben valer el copón.

 

- Vale, yo me quedo con el martillo.

 

- Jo, con lo que mola.

 

- A cambio te dejo quemarlo.

 

- Tranqui tron. Lo haremos los dos juntos.

 

- De acuerdo, pero antes déjame darle unas patadas.

 

Dicho esto le dieron una paliza de impresión. Cuando se aburrieron y se disponían a prenderlo, se fijaron en que el cadáver respiraba.

 

- Tú, colega, que está vivo- dijo Astarté, sorprendida.

 

En efecto, el mordisco de Shirley había seccionado el cuello y la garganta, pero no había atravesado la médula espinal y el cerebro seguía mandando información al resto del cuerpo. Estaba en coma. Decidieron dejarlo allí hasta que se recuperara y ya les alcanzaría. Le dejaron una nota, para que no se perdiera.

 

 

Después de todo eso Eric y Astarté se vistieron y continuaron el camino para llegar al castillo de Travolti. De pronto, mientras caminaban por el sendero oyeron una voz que decía: "Firmad y pasad, firmad y pasad. Vamos, vamos, no se escribe" mientras chasqueaba los dedos.

 

12/03/2006 12:23 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 8: EL MESÓN DE DON EGAL

CAPÍTULO VIII.

 

 

Eric y Astarté se detuvieron extrañados. Se dieron la vuelta y vieron a una persona vestida con una bata blanca, montado en bicicleta, que se dirigía hacia ellos. Cuando llegó a su altura se detuvo. Pudieron observar que tenía una calva prominente y nariz pronunciada. Llevaba en el bolsillo de la bata varios boligrafos rojos, así como un compás (también de color rojo), y una calculadora.

 

- ¿Quién eres?¿Qué quieres?- preguntó Eric, desconfiando del extraño.

 

- Vamos, vamos. No me irás a decir que no puedes reconocerme- respondió el otro.

 

- No.

 

- Mi nombre es Rea.

 

- ¡Ah, coño!- exclamó Astarté- ¡Tú eres el P. Rea!

 

- Vamos, vamos, no uses ese vocabulario, muestra de una enorme falta de educación y respeto que no debiera darse entre vosotros, los jóvenes, ya que ,como nos demuestra la operatoria matemática...

 

- ¡Corta el rollo y habla!- le interrumpió Eric- ¿Cómo podemos atravesar el castillo de Jhonny?

 

- Acompañadme hasta el próximo mesón y allí podremos hablar tranquilamente, mientras degustamos unos sabrosos roscos.- dijó el P. Rea, dando por terminada la conversación, y continuando el viaje.

 

 

Sólo la venganza les impulsaba a continuar la marcha: necesitaban matar a Jhonny Travolti con sus propias manos, o de lo contrario jamás vivirían en paz. Pero llevaban semanas y semanas andando, sin haber descansado, y estaban exhaustos. El mesón del que habló el P. Rea parecía no estar en ninguna parte. Por fin un día, tras muchas horas dando vueltas sin encontrar nada, se decidieron a preguntar a un anciano que estaba sentado en una piedra sin otra ocupación que observar todo lo que ocurría a su alrededor. Como el P. Rea no quería hablar, le preguntaron a él. Éste les indicó que el mesón estaba allí cerca, y que en él se comía y dormía muy bien a un precio bastante razonable. Tras indicarles el camino y cuando ya se estaban despidiendo, con una sonrisa maléfica en los labios, les aconsejó que visitaran también el bar. Este último comentario, y sobre todo el tono con el que lo había dicho el anciano despertó en ellos la curiosidad, e incluso un cierto temor...

 

Apenas un cuarto de hora después el dueño de aquel mesón, un tal Don Egal, les recibía. Habían observado atentamente el edificio antes de entrar, pero todo él les había parecido de lo más normal, un tanto vulgar incluso, pero el hambre hizo que sin pensarlo más entraran. Don Egal les dijo que la cena tardaría un poco en servirse y les invitó amablemente a pasar al bar "a tomar una copa". En ese momento ambos se acordaron del anciano, de su comentario y de su maldita risita. Se miraron mutuamente y, como si de una jaula de leones se tratara, se aproximaron a la puerta del bar, la cual no tenía nada del otro mundo.

 

Eric, temblando, empuñó el pomo de la puerta y empujó. Quizás fuera por culpa del miedo que tenía, pero le pareció que la puerta pesaba más de diez toneladas. Cuando la puerta se abrió por completo Eric tuvo la impresión de estar observando un mundo diferente del que normalmente habitaba. En ese momento, el P. Rea, que había mantenido la boca cerrada hasta entonces, hasta tal punto que tanto Eric como Astarté se habían olvidado de él, dijo: "Allí dentro encontrareis la solución que estaís buscando, pero os puede reultar difícil salir, incluso imposible: y puede que incluso, una vez fuera, sufráis las consecuencias de vuestra sed de venganza".

 

Astarté, igual de curiosa que Eric, e igual de mosqueada también, no veía nada por que su compañero le tapaba, así que le dio un empujón y ambos cruzaron el límite.

 

Fue como entrar en la cuarta dimensión: de pronto sus mentes quedaron en blanco, y sus cuerpos sentían la necesidad de liberarse de todo, así que Eric y Astarté se quitaron todo aquello que era innecesario: cinturón, gorros, cadenas... hasta quedarse con una camiseta, unos vaqueros y unas zapatillas (muy bien conjuntadas, por cierto). No sabían muy bien por qué ni de qué, pero ambos se sentían libres. Ni siquiera su cuerpo, el cual es en muchas ocasiones una pesada carga, estaba presente para ellos. Se creían dos almas que se encontraban en un mundo ideal, perfecto, sublime. Quizás era la estupenda música que constantemente sonaba, o quizás la decoración de aquel lugar, o quizás las personas que allí había, las cuales se mostraban amables, a pesar de que ni Eric ni Astarté habían hablado con ellos.

 

No sentían necesidad de nada. Consideraban superfluo todo lo que en su anterior mundo les parecía vital. Ni siquiera pensaban en ningún tipo de droga para relajarse: ni alcohol, ni tabaco, ni alucinógenos, ni cafeína... nada. En ese momento sintieron estar en el paraíso que siempre habían querido encontrar, al que siempre habían querido evadirse. Tampoco necesitaban el sexo, pues éste es un placer corporal y su cuerpo ya no existía para ellos.

 

En un momento dado Eric recordó las palabras del brujo. Rapidamente le dijo a Astarté:

 

- ¡Astarté! ¡Hemos de buscar la clave para entrar en el castillo de Jhonny!

 

Pero Astarté no podía oírlo. Su éxtasis intradimensional la había evadido por completo de todo lo demás. Ella ya había olvidado a Amantis, a Rosanis, a Travolti, a Zintia, a Orome, a Shirley, incluso Eric ya sólo le parecía una simple imagen de su subsconciente, que, aunque ella sabía que existía realmente, su mente ya no captaba.

 

Eric se asustó al ver a Astarté en ese estado. Él era más fuerte y su deseo de venganza era demasiado intenso como para alejarlo de su mente. Eric aun era real. Sin perder un instante fue a buscar la clave, sin saber qué era ni cómo era. Todas las personas que estaban con él tenían el mismo aspecto que Astarté. Habían olvidado la realidad y vivían perdidos en ese laberinto mental.

 

Eric estaba a punto de darse por vencido, cuando una extraña luz de la que no se había percatado antes le llamó la atención. Se acercó más y más hasta que la luz le rodeó por completo. Es muy difícil explicar lo que le ocurrio en la luz. Sintió una presencia muy fuerte de una especie de ente. Eric, cuando salió de ahí, no podía explicar como eran las nuevas sensaciones que había percibido, sólo sabía que ya lo sabía todo. Ya sabía que tenía que hacer. Buscó a Astarté. Cuando la encontró ya sólo era un cuerpo que flotaba junto a los demás. La agarró del brazo y la arrastró hasta la salida. Abrió la puerta y sacó a su amada de ese supuesto paraiso que había reultado ser una trampa energética-temporal.

 

En el exterior del bar sólo pudo distinguir dos siluetas que reían despiadadamente. Al cabo de un rato los reconoció. Uno de ellos era Don Egal y el otro era el brujo P. Rea. Este último tenía una vasija de cristal con una estrella de nueve puntas y media en relieve. En esa vasija estaba atrapando lentamente el alma de Astarté. Eric no podía hacer nada. No podía moverse. En ese momento Astarté se volvió hacia él y susurró:

 

- Eric. Eric, ayúdame. No dejes que se me lleve.

 

Eric no podía hablar, no podía moverse, no podía evitar lo que estaba ocurriendo. Cayó en un estado de somnolencia. Antes de perder el conocimiento completamente todavía podía escuchar el susurro aterrado de Astarté: "Eric, socorro, es horrible. Eric, se me lleva, ayúdame. Eric, por favor. Eric, Eric, Eric..."

 

12/03/2006 12:23 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 9: EL OAXIS

CAPÍTULO IX.

 

Eric despertó. No sabía donde estaba, y tampoco le importaba averiguarlo. Se puso a pensar en todo lo que había pasado desde el principio. ¿Cuanta gente inocente había sufrido o muerto por culpa de su estúpida sed de venganza? Amantis había sido conquistado. Sus habitantes habían sido esclavizados y raptados. Algunos habían muerto. Pensó en sus amigos, en Apolo, en Orome, en Zintia, en Astarté. Todo lo que había ocurrido había sido por su culpa. Además, se había dejado engañar por la gente, por ofuscadores como Philemmon, Asteris o P. Rea. Ya todo le daba igual. Cerró los ojos y se quedó tirado donde fuera que estuviera.
Al cabo de unas horas recordó la luz. Sin embargo no podía recordar nada de lo que el ente luminoso le había revelado. Se levantó, con mucha pesadez, y miró a su alrededor. Lo único que vio fue arena y cielo; cielo y arena. Se percató del fuerte calor que hacía y de la intensa sed que le apremiaba. Estaba en una especie de desierto.
Comenzó a andar, sin seguir una dirección determinada, sin esperanza alguna de sobrevivir, y sin ganas de hacerlo.
Al cabo de unos días notó una diferencia en el monótono paisaje que lo rodeaba. Vio algo que se elevaba hacia las alturas en el horizonte  que le llamó la atención. Conforme se acercaba comprobó que era cierto, que no soñaba. Eran palmeras. Y alrededor de esas palmeras había mucha vegetación y volaban una gran variedad de aves, cuyos chillos rompían el silencio al que Eric se había tenido que enfrentar. No cabía duda. Eric se encontraba delante de un oasis. Se adentró en la selva y descubrió un lago de agua dulce y cristalina al que acudían en manadas los animales que habitaban el desierto. Eric jamás había imaginado que en esos parajes tan hostiles pudiera haber tantos animales diferentes. Tras saciar su sed se fijó en dos hombres que no parecían haberse percatado de la aparición del intruso. Se acercó a ellos y les saludó:
- ¡Hola!- les dijo.
- Hola. Hola. ¡Qué bueno estar de vuelta!- respondieron.
"¡Jarl!" se dijo Eric "¿Qué han querido decir con eso?". Los miró atentamente. Se dio cuenta de que tenían que ser hermanos, debido a su parecido. Uno de ellos, el más alto, era además el más joven. Permanecía de pie. Llevaba gafas de sol de cristales redondos y una camisa abrochada hasta el último botón. Cuando hablaba inclinaba ligeramente la cabeza hacia delante y cruzaba las manos por detrás de la espalda. Tenía un flequillo que le caía sobre la frente, casi tapándole los ojos. El otro, el mayor, estaba sentado. Sus gafas de sol eran más anchas y compactas que las de su hermano. Llevaba el pelo más corto y patillas y una cazadora de borrego. Ambos bebían cerveza.
Eric se dio cuenta. Ellos no eran simples mortales. Eran dioses. No estaba en un oasis cualquiera, estaba en el Oaxis. Una de las más antiguas leyendas del lugar hablaba de un paraíso sagrado donde habitaban dos dioses capaces de dominar el mundo y la mente de todos los seres humanos e inhumanos. Eric nunca había creído en esa leyenda, siempre pensó que se trataba de un cuento infantil, pero ahora que estaba allí no tenía más remedio que creer en ello.
Le dirigieron la palabra:
- Algunos dicen que no existe el cielo- dijo el joven.
- Ve y díselo al hombre que vive en el infierno- comentó el otro.
- ¡Je! Pues que me lo digan a mí- dijo Eric.
- Los días son largos y las noches te desecharán porque el sol ya no brilla. Nadie menciona nunca que el tiempo puede arreglarte o destruirte el día. Nadie parece recordar que la vida es un juego al que jugamos todos. Vivimos en las sombras, tuvimos la oportunidad y la desaprovechamos. Ya nunca nada será igual, porque los días caen como la lluvia. Ya nada será igual hasta que la vida que conocí vuelva a mí y me diga hola- comentó, con aires de importancia, el alto.
- Me has quitado las palabras de la boca- dijo Eric. Estaba asombrado por la sabiduría que demostraban los dos dioses hermanos.
- ¿Has sentido recientemente el dolor de la lluvia matinal mientras te cala hasta los huesos?- le preguntó el bajo.
- Sí- respondió Eric.
- Pues escuchame bien- le espetó- Puede que tu vida se haya convertido en una mierda. Pero no puedes mandarlo todo a tomar por saco. Tienes que ser tú mismo, no puedes ser nadie más; y tienes que arreglar lo que has hecho. Todos tus sueños se pueden hacer realidad, aunque estés atado al espejo y al filo de la navaja. Llegará el día en el que todo el mundo vea otro soleado atardecer. Hay un pensamiento para cada hombre que intenta comprender qué tiene al alcance de la mano. Avanza por el camino de la vida y el amor. Sobrevive en la medida de lo posible. Tal vez nunca seas todo lo que quieres ser, pero ahora no es el momento de llorar sino el momento de descubrir por qué. Creo que tú eres como yo, vemos cosas que otros nunca verán. Tú y yo viviremos eternamente. Puedes esperar toda la vida, pasar tus días al sol. También puedes coger tu camino, llegar a lo más alto y, ¡hacer que suceda! ¡Así que corre, desaparece, y haz lo que debes hacer!
Eric no se lo pensó dos veces. Salió corriendo de allí, sin despedirse, sin dar las gracias. Salió corriendo sin dirección alguna. No miró hacia atrás y cuando lo hizo ya no pudo ver el Oaxis. Puede que sólo hubiera sido un sueño, o una alucinación, pero de repente había visto claro que tenía que hacer. Había recordado repentinamente su visita al ente. Sabía que tenía que hacer. Llegaría hasta el castillo de Jhonny, lo mataría, rescataría a las vírgenes, rescataría a Astarté y recuperaría el pueblo de Amantis. Pensando en todo eso siguió corriendo hasta que el agotamiento pudo con él y cayó desvanecido al suelo.

 

Cuando se despertó estaba en Morder. A la vista estaba, después de muchas aventuras y kilometros, el castillo de Jhonny Travolti, el tirano. Por fin vería saciada su sed de venganza.
12/03/2006 12:24 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 10: ULMO Y LOS PITT-U.F.O.S

CAPÍTULO X.

 

 

Una extraña sombra se proyectaba sobre el cuerpo de Orome, despedazado por los diminutos roedores del bosque. La sombra pertenecía a un extraño ser. Había algo anómalo en sus ojos, probablemente sería el hecho de tenerlos completamente negros. Su piel tenía un color inusual. Ostentaba dos enormes espadas. Era un elfo negro que seguía a los aventureros. En ese momento sintió hambre. Pensó en el tiempo que llevaba sin probar bocado, y cortó un cacho de pierna de Orome para comérsela. Decidió dormir un poco antes de continuar su misión y la búsqueda de Eric. Mientras se preparaba el lecho rebuscó entre las ropas de Orome y encontró un pergamino. Lo leyó, sonrió maliciosamente y se lo guardó. Con sendos mandobles con sus espadas degolló la cabeza y abrió en canal lo que quedaba de Orome. Acto seguido cogió la cabeza y la reventó con sus manos. Después decidió desollar la espalda y utilizar los intestinos como cuerdas para hacerse una hamaca. Pocas horas después, Ulmo, el elfo negro, formuló un hechizo en lengua élfica y desapareció entre unas fantasmagóricas llamas violetas, que a su vez prendieron en unas hojas resecas, organizando un gran incendio del que se hablaría largo y tendido en los siglos venideros. De este modo hizo suyo el dicho: "El bosque es de todos, quema tu parte".

 

 

Eric vio surgir unas llamas violáceas entre el resplandor que le rodeaba. Penso que podría tratarse de P. Rea, así que lanzó su mazo mágico para destrozarlo, como ya hiciera Orome con Philemmon, y recuperar el alma de Astarté. El brillo del mazo le permitió seguir su trayectoria y no perderlo de vista. De repente el elfo pronunció una palabra y el mazo se detuvo a escasos centímetros de su rostro. Era parte del tesoro de su pueblo, robado por Orome, por lo que pensó que el agresor sería alguno de sus secuaces. Así que reaccionó con gran rapidez y con un mandoble cortó casi todo el muslo de Eric, dirigió su segunda espada hacia la garganta mientras arrancaba un brazo y se lo daba a su tigre de dientes de sable que había aparecido de la nada. Entre los dos se comieron el brazo de Eric. Tras esto se acercó a reconocer a su víctima, que comenzaba a recuperarse. Reconoció a Eric.

 

- ¡Anda, qué fallo más absurdo!- dijo el elfo.

 

- ¡Qué puta gracia diría yo!- repondió, visiblemente enfadado, Eric.

 

- Pues la verdad es que la tiene.- comentó Ulmo, y se rió de él a la cara.

 

- ¿De qué te ríes?- dijo Eric.

 

- Pero si no me estoy riendo - contestó Ulmo.

 

Ulmo decidió acompañarle hasta el pueblo más cercano, donde podría preparar un ungüento azul de muy complicada preparación y cuyos ingredientes eran muy escasísimos, y que se obtenía de unas entidades bioilógicas extraterrestes conocidos por el nombre de pitt-u.f.o.s. Con ese ungüento las heridas de Eric podrían cicatrizarse. Así que se pusieron en camino con la ayuda del tigre de dientes de sable. Llegaron rapidamente a un extraño pueblo en el que todos sus habitantes, o por lo menos la mayoría de ellos, vestía una chillona vestimenta azulgrana. Sólo había un casino en el pueblo, y estaba en la más completa ruina por la suerte que tenían los habitantes. Se dirigieron hacia una posada. El posadero, al ver el amenazador rostro del elfo negro, aceptó sin dicutir, a pesar de que tuvo que degollar a unos cuantos invitados para hacer sitio. El posadero, que llevaba la cabeza rapada, como era costumbre en ese lugar, decidió desangrar los cuerpos de sus ex-invitados y mezclar la sangre con el vino, para ahorrarse con esta técnica unos cuantos litros de vino y unos cuantos maravedíes. A Ulmo le gustó muchísmo ese vino. Mientras bebían se oyeron unos gritos y ruidos de pelea. Ulmo se asomó a la ventana y vio una lucha entre dos facciones. Se trataba de los comandos boinistas contra los grupos antiboinistas de liberación del sombrero de ala ancha. Ulmo abandonó a Eric en una habitación y salió a la calle. Limpió sus espadas de mithril hasta que brillaron tanto como sus negros y brillantes ojos. Comenzó a "entretenerse". Sus movimientos eran rápidos, precisos y mortales. Sus espadas parecían una continuación de sus brazos. Ulmo se dedicó a cortar cuellos y yugulares; y a abrir cráneos para machacar el cerebro. Otros caían intentando sujetarse las vísceras que se les escapaban de sus manos y de sus cuerpos y se quedaban tiradas en el suelo, donde eran pisoteadas despiadadamente por enemigos o compañeros miopes, mientras la vida se les escapaba por los pulmones. Otros caían partidos por la mitad de su cuerpo emitiendo gritos desgarradores y desesperados de dolor, agonizando irremisiblemente, tirados en el suelo, desangrándose rapidamente. En unos pocos minutos la plaza quedó sembrada de cadáveres y todavía resonaban los ecos de la muerte. La muerte se reflejó en los ojos de Ulmo. Saltó de lado a lado machacándoles el cráneo a los supervivientes o bien deshuesándolos.

 

Decidió que ya había llegado el momento de salir a buscar a los pitt-u.f.o.s. A su paso todas las casas del alrededor comenzaban a arder con esas fantasmagóricas llamas violáceas. Destrozaba a cualquier viandante haciéndoles atravesar las gruesas paredes de las casas, les giraba trescientos sesenta grados la cabeza, dislocaba todas las articulaciones y sorbía su médula espinal; dejando un rastro de destrucción, muerte y desolación a su paso. Su sed de sangre y destrucción era insaciable. Tras un breve camino, y sin más incidentes señalables, comenzó a oir un estremecedor crujido bajo sus botas. Se trataba del ruido que realizaban aquellos diminutos seres, los pitt-u.f.o.s, al ser brutalmente aplastados por Ulmo. Destrozó sus casas y capturó a unos cuantos. Llegó a una casita más alejada y arrancó el tejado. Dentro encontró a papá pitt-u.f.o. y a la pitt-u.f.ina manteniendo una placentera "charla". Decidió cortarles la cabeza para ponerlas en el mango de sus espadas.

 

En ese momento apareció un maléfico brujo que reivindicaba la pertenencia de los pitt-u.f.o.s. Se llamaba Gragramell. Formuló un hechizo para atraer a un Elemmental que destruyera al elfo negro. Pero su magia se volvió inestable, algo falló en el hechizo, el Elemmental comenzó a tomar forma dentro de él. Comenzó a hincharse en su cuerpo, sus costillas comenzaban a ceder, las entrañas se le corroían y su alma comenzaba a arderle dentro del cuerpo. El terror se reflejaba en sus ojos, sentía que el hechizo escapaba de su control. En aquel momento cedió la unión de las costillas con el esternón, su corazón amenazaba con explotar. Finalmente, su caja torácica, las costillas rasgaron musculos y piel y Gragramell cayó muerto con las costillas abiertas. Ulmo lo miró, en un principio con desprecio, y después deternillándose de risa. Pasó por encima de su cadáver.

 

Llegó a la posada y comenzó a preparar aquel emplasto con propiedades extratarrestes que salvaría la pierna de Eric. Machacó a los pitt-u.f.o.s haciendo caso omiso de sus chillidos de dolor y los puso en un paño. Tras un par de días el paño tomó un color azulado y un olor rancio y enmohecido. Durante esos días de estancia en la ciudadelinha culé se sucedieron asesinatos brutales y despiadados: gente ahorcada con las tripas del vecino, gente a la que golpeaban contra el suelo hasta que el cerebro se convertía en una papilla viscosa y amarillenta, ojos segados por una navaja de afeitar sucia y vaciados por una pala excavadora, etc... vamos, nada demasiado peculiar.

 

Llegó el momento en que tenían que continuar su camino. Ulmo llegó al mostrador de la posada balanceando distraídamente el mazo.

 

- ¿Donde puedo encontrar buenos caballos?- le preguntó al posadero.

 

- Los mejores picos los tiene el "Holandés"- contestó el otro, con cara de yonkie.

 

- ¡Imbécil! ¡Retrasado mental!- gritó Ulmo, y amenazadoramente le agarró del cuello- ¡Escuchame bien, pollo! ¡Quiero caballos de los de cabalgar miles de kilometros sin cansarse! ¡No esa otra mierda!

 

El posadero, aterrado, les indicó donde estaba la cuadra, pero también indicó que tendrían que pagar las habitaciones y una fianza por los caballos, para no correr el riesgo de que se fueran sin pagar. Un segundo después ya se arrepentía de haber dicho eso. Ante las amenazadoras miradas de Eric y Ulmo sacó una magnum 48 y les miró con una sonrisa maliciosa. Ulmo formuló un hechizo del mazo que había descubierto hacía un par de días mientras dos niñas gemelas morían entre estertores.

 

- ¡Azebac al elacnarra, Sojo sol elacas!- gritó Ulmo entre aspavientos y movimientos secretos del mazo.

 

Se oyó un gran estruendo. Al instante una columna de fuego cayó sobre el humano que todavía empuñaba el arma. Intentó disparar pero el revolver explotó en su mano, y su cuerpo comenzó a cuartearse y derretirse, quedando reducido a un charco de color gañán.

 

Después de ese incidente sin importancia fueron a buscar los caballos. Ulmo eligió uno totalmente negro, mientras que Eric se decidió por uno marroncillo que parecía rápido y resistente.

 

Decidieron visitar al alcalde de la ciudadelinha culé antes de abandonarla. Se trataba de un tipo con la cabeza rapada (que raro), mandíbula prominente y sus dos grandes palas le sobresalían de la boca. Al verlo comprendieron porqué la mascota culé era un conejo. Le dieron las gracias por las prácticas de desmembramiento gratis. Eric quiso volver a practicar un poco porque llevaba mucho tiempo sin torturar a nadie. Ulmo se limitó a enganchar al alcalde por las orejas con un par de fuelles y lo colgó del techo. Eric comenzó con unos cortes en los muslos. En vista de lo molestos que resultaban los gritos resolvió cortarle las cuerdas vocales para que no hiciera tanto ruido. Más tarde amputó los brazos. Después terminó lo que había empezado con las piernas, hasta que éstas quedaron reducidas a un montoncito de carne y sangre. Entonces Eric le dijo: "¡Bueno, tronco, nos abrimos!". "Sí, pero todos" añadió Ulmo. Y acto seguido le cortaron por la mitad dejando a la vista las entrañas. A pesar de la sangre que manaba por todas partes pudieron distinguir que las costillas eran de color blaugrana.

 

Eric y Ulmo salieron del ayuntamiento y le prendieron fuego. Se marcharon del pueblo, que ardía por los cuatro costados.

 

En el mismo instante en que salían de la ciudad, perdón, del crematorio, Eric reconoció a los hombres de las gabardinas que vio en casa de Apolo. De entre ellos paró al agente Muldex.

 

- ¿Qué pasa? ¿Qué haces tú por estos parajes?- le preguntó.

 

- Hemos tenido noticias de la existencia de una colonia extraterrestre instalada en las cercanías. He salido en su busca. El gobierno no puede ocultar la verdad. ¡Vamos Eskaly!- respondió Muldex, prosiguiendo su camino seguido de su pelirroja compañera.

 

Ulmo y Eric se miraron entre sí y sonrieron maliciosamente. Al cabo de un rato ya no pudieron reprimir la risa y se retorcieron de gusto en el suelo durante un rato recordando los divertidos episodios que habían vivido en esos últimos días.

 

Por fin recuperaron la compostura y continuaron su camino. Al cabo de unos minutos vislumbraron una silueta al lado de un lago de formol. Era una mujer, que les dijo:

 

- Me llamó Zorroaine y vengo de Morder. Quizá con Travolti os llevéis una desilusión...

 

- ¡Callate, puta zorra de mierda!- respondió Eric- ¡lásciva asquerosa, chupapollas de tres al cuarto, montón de caca de vaca, meadero de cerdos, incestuosa que se lo hace con...!

 

- Tranquilo Eric- le interrumpió Ulmo- déjame a mí.

 

Ulmo empuñó su mazo y salió corriendo hacia ella. Su golpe llegó a su destino. Ulmo seccionó el cuello de la mujer y con un segundo golpe la envió al lago de formol. El cuerpo comenzó a humear, se estiró como la goma y se fue deformando hasta perder toda forma humana. Quedó convertida en una especie de crema encima del líquido. Hecho esto, se marcharon del lago entre carcajadas.

 

12/03/2006 12:26 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 11: LOS MAGOS DE LA ESTRELLA TETRAÉDRICA

CAPÍTULO XI.

 

Se echó la noche. Era la primera noche en Morder y eso le ponía a Eric los pelos de punta. Ulmo lo sabía, de modo que llevó a Eric a un escondrijo del qué sólo los viajeros habían oído hablar. Era una especie de cabaña natural que formaban los árboles del bosque, con una cúpula verde que ni el más listo de los elfos hubiera podido concebir.
- ¿Qué es este lugar?- preguntó Eric.
- No lo sé - dijo Ulmo.- Nadie lo sabe. Los viajeros se hospedan aquí desde la más remota antigüedad, pero nadie sabe cómo ni por qué fue creado. Lo que sí se sabe es que nunca el mal ha sabido de su existencia. se dice que un conjuro tan antiguo como la misma tierra defiende este lugar, llamado "Bosque del Refugio". Incluso se cree que lo construyeron unos magos.
Estas palabras tranquilizaron a Eric, que juntó unas cañas e intentó encender un fuego.
-¡Alto!- gritó Ulmo- Nada debe perturbar el equilibrio natural de este lugar.
-¡Jo, déjame, qué tengo frío!- protestó Eric.
- Mira que te meto un par de leches, ¿eh?- amenazó el elfo, mazo en mano.
- Vale, vale, pero ya verás...- dijo Eric dejando ver que maquinaba algo- Vaya si lo verás...

 

Ulmo dormía. Eric estaba despierto. Pensaba en Astarté, en Zintia, en Shirley, en Fabala... (en resumen, en un agujero donde meterla...) Incluso pensaba en Orome. De repente, oyó pasos. No tuvo miedo, pues creía en las palabras de Ulmo, pero no se atrevió a salir fuera. Algo se movió cerca de la entrada... Algo había entrado... Algo saludaba... Algo encendió un cigarro a dos metros de Eric...
- ¡¡Algo, amigo mío!!- gritó Eric a su conciudadano.
- ¡Eric!- gritó Algo- Oye, hazme el favor de llamarme por mi nombre: Algómedes.
- ¡Algómedes!
- ¡Eric!
Se abrazaron. Algo contó a Eric que había escapado en la revolución de los encapuchados y narró alguna de sus aventuras mientras Eric iba contándole su anécdota en el Oaxis y la pérdida del alma de Astarté.
- ¿Y Rosanis?- inquirió Eric.
 - Está cerca de aquí, a pocos días de camino. Tiene algo importante que decirte. Yo que tú hablaría con él antes de enfrentarnos a Travolti- Eric volvió la vista atrás. Si no fuera por Ulmo, Eric ya habría llegado al castillo, pero gracias al incidente de la pomada azul se había tenido que alejar de la ruta justo cuando ya tenía el castillo en frente.
- De acuerdo, hablaré con él.- De repente, el aracnosentido de Eric se puso alerta. Eric, sin pensarlo dos veces, tomó el mazo de Ulmo y atravesó a su amigo Algómedes, que cayó al suelo (o se desparramó por él, según se mire). Eric estaba impaciente: "Me preguntó en que se transformará ahora... ¿En Shirley? ¿En algún ser maligno y peligroso? ¿En un estudiante de la ESO?". Pero Algo no se transformó en nada.
- ¡Coño!- gritó Eric sobresaltado- ¡¡Si yo no tengo aracnosentido!!
- Pues te acabas de cargar a tu amigo- dijo Ulmo- que se había despertado con el último alarido de Algo- ¡Qué paja te acabas de meter! ¡Juá, juá, juá...! ¡Qué pedazo bobo!
- Era un gran amigo, un amigo de verdad. Dime, Ulmo, ¿qué otra cosa que no sea el aracnosentido puede producir un temblor y un picor intenso por todo el cuerpo?
- No lo sé... Quizás el haberte sentado sobre un hormiguero de hormigas gorronas- contestó Ulmo. Eric miró debajo de su trasero y comprobó que tapaba un hormiguero del diámetro de una papelera. Se miró los brazos, las piernas... Estaba invadido de bichos.
- ¡Aaaaaah!- Eric desapareció. A los cinco minutos estaba de vuelta, completamente limpio y desinfectado, y con cara de haber corrido mucho.
- ¿De dónde vienes?- preguntó Ulmo, que a duras penas había conseguido dejar de reír.
- Psche, les he tenido que dar formol a las hormigas en el lago.
- ¡Pero si el lago está a más de medio día de camino! Además, el formol debería haberte quemado la piel.- Entonces Eric se dio la vuelta y mostró la otra cara de su cuerpo: la ropa se le había desgatado y su espalda y sus piernas aparecían totalmente descarnadas. De modo que Ulmo prosiguió el cachondeo.

 

Eric se puso la gabardina con capucha de Algómedes y se durmió. Al despertar, Ulmo seguía riéndose todavía. Eric, cabreado, se levantó, hizo levantarse a Ulmo y echó a andar. Al poco rato, Eric dijo a Ulmo que le esperara, volvió atrás, al escondrijo, y alcanzó nuevamente al elfo.
- ¿Se puede saber qué hacías?- preguntó Ulmo indignado.
- Lo que te dije que verías. Ahora me toca reír a mí.- Entonces Ulmo se dio la vuelta y vio que el escondrijo ardía. Fue así como el bobo de Eric consiguió destruir el último lugar dominado por las fuerzas del bien sobre la tierra, anular un conjuro milenario que no tenía seguro de incendios y acabar con millones de años de existencia del "Bosque del Refugio", que pasó a llamarse "Las Arenillas de las Hormigas Gorronas".
De repente, todo el lugar se volvió tinieblas y del sitio donde había estado el refugio surgió una extraña luz blanca. Eric, movido por una gran curiosidad, corrió hacia ella, y Ulmo, visiblemente trastornado, dejó escapar de su boca estas palabras: "La profecía era cierta. La leyenda se ha cumplido"; mientras agarraba su mazo con gran fuerza. El fuego se había apagado y la cúpula vegetal se había transformado en cenizas. El cuerpo de Algo (es decir, todos sus pedazos) empezó a desaparecer. Antes de que lo hiciera por completo, Eric aprovechó para coger el brazo y pegárselo a su muñón con espadadrapo. Pero el caso es que tres destellos que cegaron a Eric aparecieron, uno en cada punta de las arenillas. Luego, los destellos se fundieron en el aire y se hizo la luz del día. Ulmo y Eric abrieron los ojos. Delante de ellos había... ¡Tres Magos! Eric, tembloroso, se echó atrás, pero no podía escapar. Una fuerza lo retenía. El mago del centro lo retenía. El mago del centro tomó la palabra:
- La profecía se ha cumplido.
- ¿Qué profecía?- preguntó Eric.
- El último mortal de la dinastía Amraom ha desaparecido: Apolo de Amantis. Una nueva era ha comenzado: la Era de la Deseperación.
- ¿Sois vosotros los que invadisteis mi pueblo?- osó decir Eric, que al ver manejado el nombre de Apolo perdió todo el miedo y se dejó dominar por su ira.
- No, Eric. Ellos son los magos de la Estrella Incompleta, los Magos Negros. Nosotros somos los Magos Blancos, o magos de Estrella Tetraédrica.
- Ah, ¿sí? Pues llevaís túnicas negras- observó Ulmo.
- Es verdad, casi lo olvido- dijo el mago. Después se acercó a Eric y le metió tal puño en la boca que le pinzó la lengua entre las vértebras- Lo de los trajes es porque algún graciosillo, y no miro a nadie, quemó nuestra casa justo cuando íbamos a salir.
- ¿A qué habéis venido?- preguntó Ulmo, que al ver el aspecto de Eric tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener su risa.
- La leyenda dice que los Tres Magos Blancos aparecerán el día en que acabe la dinastía de los Amraom, encargada desde la eternidad de velar por la justicia. Una vez desaparecida tanto los magos Blancos como los Negros apareceran para ser testigos de la Última Gran Batalla, cuyo resultado depende del destino.
- Entonces, ¿qué debemos hacer?- preguntó Eric.
- No te lo podemos decir. Sigue tu rumbo y encontrarás la respuesta- concluyó el mago del centro.
- Espera- interrumpió el de la derecha- El final de la Última Gran Batalla está en la Última Gran Lucha, y concretamente en su Última Gran Pelea, en lo que será el Último Gran Duelo que...
- ¡¡Acaba ya, cojones!!- chillaron a un tiempo Eric, Ulmo, los otros dos magos y el bosque (que quería que se fueran los magos para seguir quemándose).
- Bueno, el caso es que en el Último Gran Duelo se enfrentarán el Último Gran Guerrero y el Último Débil Mental, y tú tienes mucho que ver con eso, Eric. Que el Destino esté de tu parte.
- Pero, bueno- dijo Eric sonrojado- Tampoco soy lo que se dice un gran guerrero.
- No, no- rio el mago- si tu eres el otro. ¡Juá, juá, juá!- se pitorreó junto con sus camaradas, Ulmo y el bosque.
- Bueno, basta ya- dijo el mago del centro.- Es hora de que nos vayamos, que tenemos que utilizar nuestro poder para jugar a las quinielas.
- Sí - dijo el de la izquierda- pero antes, Eric, te voy a entregar un arma que te ayudará.
- ¡Oh, sí! ¿Qué es? ¿Un bazooka?, ¿un AK47?, ¿una ametralladora con laser?, ¿un generador de positrones?- Eric se acercó al mago y recogió lo que éste tenía en su mano.
- ¡¡Juá, juá, juá...!!- rieron de nuevo todos los presentes al ver la cara que ponía Eric.- ¡¡Con eso destruirás lo que quieras!!¡¡Juá, juá...!!
Eric miró con un pique de impresión la carta del juego de los Elementos que le acababan de entregar.
- Bueno, ahora sí que nos vamos, pero un consejo Eric: ten en cuenta tu anillo.- Y dicho esto se desdoblaron interdimensionalmente, como cierto escritor de este libro.
- Me han caído bien- exclamó Ulmo, a lo cual Eric respondió dándole una patada en el ojo y hundiéndole el tabique nasal en el encéfalo.
Repuestos ambos en la medida de lo posible siguieron su camino, esta vez con una meta clara: el castillo de Travolti, que se distinguía en un horizonte cada vez más cercano. Avanzaban tan sumidos en sus pensamientos (la mayoría de ellos relativos a sangre) que no se dieron cuenta de que un grupo de orcos corría en dirección a ellos.
-¡Alto, por Ñaca!- Gritó el que iba en cabeza a los dos viajeros- ¿Por dónde se han ido?
- ¿Quiénes?- preguntó Eric.
- Los encapuchados.
Eric cayó en la cuenta de que Rosanis estaba cerca, y trató de despistar a los orcos:
- Se han escondido en esos árboles, al otro lado del río.
Cuando se fueron Eric y Ulmo echaron a correr antes de que se descubriera el engaño. Eric miró atrás para ver si los seguían.
- ¡Aaaah!- gritó al darse cuenta de que en su afán por despistar a los orcos había ido a indicarles el lugar exacto en que se hallaban los encapuchados, dos de los cuales yacían ya inertes sin sus capuchas y sin lo de dentro de las capuchas. Ulmo y Eric se miraron. No se caían del todo bien (Ulmo había dejado a Eric mutilado y Eric a Ulmo con secuelas en el cerebro), pero era hora de olvidarse de sus diferencias y unirse. Eric se ajustó su nuevo brazo y sacó de su bolsillo la carta de los Elementos, junto a las que ya poseía. Ulmo sacó su mazo. Con paso firme avanzaron hacia los orcos. Si quedaba algún encapuchado con vida.. ¡¡lo salvarían!!
- ¡Allá voy, tiembla Jhonny!- gritó Eric.
- ¡Al ataque, por la gloria de mi madreee!- gritó Ulmo.
12/03/2006 12:33 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 12: GRAN BATALLA ANTE EL CASTILLO DE TRAVOLTI

CAPÍTULO XII.

 

 

Cuando los orcos se dieron cuenta de que Eric y Ulmo corrían hacia ellos, llamaron rapidamente a los refuerzos.

 

Las tropas de orcos avanzaron en dos grandes grupos que rodeaban a los dos desafortunados. Los wargos corrían por el desfiladero en una afán de cerrar la única salida del valle en el que se encontraba el castillo de Travolti, a la vez que impedían la entrada de cualquier ayuda externa. Los halcones de la espada surcaban el cielo con el fin de atacar, por si los orcos no eran suficientes. Los tanques tomaban posiciones de tiro. Los F27 dirigían sus puntos de mira hacía los dos aventureros. Los magos iniciaban sus ejercicios de concentración, mientras los demonios negros dirigían a las hordas de almas venidas del más acá contra las dos indefensas criaturas. Eso estaba lleno de vietnamitas. Eric y Ulmo tenían miedo, y empezaban a sentir flaquear sus piernas.

 

- Vaya, debemos ser importantes- dijo Ulmo- menudo recibimiento.

 

- Calla, todavía no han atacado- comentó Eric- debe pasar algo, de lo contrario ya nos habrían machacado.

 

- ¿Pero qué dices, hombre? No me digas que no puedes contra unas cuantas hordas de orcos, otras de goblins, otras tantas de almas del más acá, por no hablar de los halcones, etc... ¿Es que no has visto Rambo?

 

- Calla, mira hacia arriba.

 

De pronto había aparecido una pequeña silueta en lo alto de la montaña, acompañado por otra figura, esta última un poco más grande. Pronto se hicieron visibles y a Eric le dio un patatús al reconocerlas. Era el terrible general Isavel Jemio y el despiadado teniente Niebes Errero.

 

- ¡Sorpresa, sorpresa!- exclamó el general- Eric, Ulmo, ¿a qué no me esperabais? - Eric y Ulmo tenían una mueca de horror en la cara- Vamos a ver, Eric, yo sé mucho de ti. Por ejemplo, sé que tienes una novia, llamada Zintia, con la que te vas a casar y...

 

- Bueno- interrumpió Eric- la verdad es que últimamente...

 

-¡A callar!- exclamó el general- ¡Aquí mandó yo y habló sólo yo! ¡Entendido! ¿Por donde iba? ¡Ah, sí! Como iba diciendo, tienes una novia, que está prisionera en Morder por tu culpa, y también sé que... ¡Qué más da! El caso es que... ¡Sorpresa, sorpresa! Zintia pasa de ti. Ahora se monta unas orgías con los carceleros que te pasas. Bueno, Ulmo, también sé muchas cosas sobre ti. Me ha contado un pajarito que hace mucho tiempo que no ves a tu hermanita, que vive en Comercabrón. Claro, y ella no tiene posibilidades de visitarte porque el dinero le va muy justo y tú tampoco puedes pagar el pasaje porque gastas todo tu dinero en bebida. Pero, en fin, ¡Sorpresa, sorpresa! ¡Aquí está tu hermana!

 

- ¡Hermanita!- dijo Ulmo.

 

- ¡Hijo de puta, borracho, cabrón!- gritó la hermana.

 

Después del terrible ataque del general le tocó el turno al teniente de las fuerzas desalmadas.

 

- ¡Señores! ¡Hoy es posible! Hoy conseguiremos que Naemi Kanvell confiese su amor por... ¡Huy! ¡Me he equivocado de guión! Disculpen, hoy es muy posible que os machaquemos, destrozemos, desmembremos y descuarticemos. Y no lo digo por el hecho de tener un ejercito solamente unas diezmil veces superior al vuestro, sino porque contamos con un arma secreta de la megapolla.

 

En ese momento la teniente señalo hacia el cielo y desde ahí bajó la peor pesadilla para Eric y Ulmo. Ahí estaba, sin todo su esplendor, Armen Evilla y su ejército de ovejitas. Ahora sí que estaban perdidos.

 

- Rapido, Eric, haz algo- suplicó Ulmo.

 

Eric, sin pensarselo dos veces, utilzó una de sus cartas, una llamada Rayo, con la que mató a ocho millones de orcos. Mientras, los tropecientos mil orcos, goblins, wargos y compañía se lanzaron a por los dos aventureros.

 

- Oye, Ulmo- dijo Eric- ¿Qué hacemos?

 

- ¡Corre, ponte esta careta!- respondió Ulmo.

 

Nada más ponerse la careta, cosa de doce mil hachazos cayeron sobre cada uno de ellos, unas ciento treinta mil patadas, unos cien mil flechazos y más cosas por el estilo. Pero no les dolía, no sentían nada, y se sentaron para fumarse un peta mientras los orcos se cansaban inutilmente.

 

Por fin llegó el momento en que el ejército se cansó y se retiró a las montañas para reposar.

 

Eric y Ulmo estaban sentados jugando a cartas esperando a que apareciesen los otros cuando llegó un cabo de las fuerzas desalmadas al campamento.

 

- ¡Escuchad! - dijo- Vengo en son de paz. Tengo que hablar urgentemente con vosotros.

 

- ¿Quién eres y qué quieres?- inquirió Eric.

 

- Soy Rody Ragón y pido asilo político. Yo no soy el mal, soy el bien. Por favor, miradme, tengo que aguantar a la Jemio todos los miércoles. ¡Por piedad!

 

- Jo colega, tu mal rollo sí que es un marrón que te pasas. Por mí chachi chachi doble chachi.

 

- ¿¿Qué??

 

- ¡Qué puedes quedarte, coño!

 

- Gracias, gracias. A cambio os diré como podeís vencer a la Jemio y a sus compinches. Utilizad los elementos y que la suerte os acompañe. ¡Oye, por cierto! ¿Qué eran esas caretas? ¿Escudos protectores de mithril? ¿Campos magneticos supradimensionales?

 

- No, no, nada de eso. Son tan solo un par de caretas de Rambo.

 

Mientras acababan la partida de mus los orcos se habían reagrupado y los halcones habían levantado el vuelo. Eric cogió los elementos y se dispuso a machacar al enemigo.

 

- ¡Jemio, escucha bien!- le gritó- ¡Mira, bajo el Black Lotus, un Mox y una montaña, te lanzo tres Rayos con el Black Lotus, un Hair Lighting con el Mox y la sorda balduviana con la montaña.

 

- ¡Qué te crees tú eso!- respondió la sargento- ¡Toma Counter!

 

- Oye, Ulmo, me temo que estamos muertos.- le comentó Eric a Ulmo.

 

Ulmo, que no había entendido nada de lo que habían dicho los otros dos, tuvo una idea:

 

- ¡Vaya putada, no!- contestó- Pero no te preocupes, nos queda una última posibilidad. Sin embargo, es muy arriesgada.

 

- Bueno, seguro que es mejor que morir.

 

- No sé, no sé...

 

- ¡Coño, decídete!

 

- Bueno... Por el poder del megaostionzorditantodesmilodonfugger nautodestructioncaosenergypowerdownbatterydoll, yo Ulmo, conocedor de las leyes, de los juegos más sucios, de las trampas más hábiles, de los negocios más turbios,... ¡Invoco a los Osos Hamorosos!

 

- ¡¡No!!- gritó, aterrado, Eric- ¡Eso no! ¡Es demasiado cruel!

 

Pero ya era tarde. Los osos aparecieron en sus coches de nubes, vieron el caos y empezaron a desprender arcoiris, corazones y demás pijadas por todo el campo de batalla. Los orcos no tardaron en empezar a bailar en corros, cantar con los wargos y reír con los halcones. El efecto fue tal que los orcos pedían a Eric y a Ulmo que por clemencia los matasen. Eric, aturdido por la situación, no hacía más que decir "con mucho gusto" a la vez que cortaba cabezas. Mientras, Ulmo se fijaba en como el general Jemio y la teniente Errero eran atrapadas en el mundo de la cursilería de donde ya no saldrían nunca.

 

Eric estuvo un mes cortando cabezas mientras que Ulmo leía para amplíar su cultura. Cuando Eric cortó la última cabeza y hubo acabado con todo el ejército de fuerzas desalmadas se dirigió hacia Armen Evilla, que estaba presentando el Elecupón con sus ovejitas. Su proposito era matarla, pero le dio pena y decidió mandarla al psiquiátrico. Esa noche, Ulmo y Eric se prepararon una buena cena a base de oveja a la orange.

 

Mientras cenaban los Osos Hamorosos se acercaron a ellos con la intención de ser amigos de verdad para siempre. Al principio, esto a Eric y Ulmo no les pareció nada malo, ya que habían oído cosas mucho peores de esos osos. Pero ya fue demasiado cuando los ositos intentaron limpiarles el culo después de cagar. Fue entonces cuando acabaron hartos de los putos osos y de sus cursilerías. Eric recordó que aun le quedaba una carta del juego de los elementos. Esa carta se llamaba "Incinerar". Se la lanzó a los osos, que fueron totalmente incinerados, quedando reducidos a unos esqueletos sobre los que vomitaron numerosas veces.

 

 

A la mañana siguiente decidieron buscar encapuchados supervivientes entre los cadáveres de orcos, wargos y demás. Sin embargo, sólo encontraban cosas cadavéricas. Finalmente, Eric oyó una voz que lo llamaba. Era Rosanis. Estaba medio muerto, y completamente deformado. Lo ayudaron a levantarse. Rosanis se lanzó a sí mismo un hechizo que lo recuperó casi totalmente.

 

-¡Eric, por fin!- exclamó- ¡Tenemos mucho de que hablar!

 

12/03/2006 12:45 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 13: TRAVOLTI Vs TARANTIZNO

CAPÍTULO XIII.

Alguien llamó a la puerta del despacho de Jhonny Travolti. Este apartó la mirada de su gueimboy y mandó que abrieran la puerta. Una vez abierta entró el esclavo que acababa de llamar con un paquete en las manos. Se trataba de un cilindro metálico de medio metro de altura y veinte centímetros de radio.
- Han traído este presente para usted, amo.
Una vez dicho esto dejó el cilindro en la mesa de Travolti y abandonó la habitación haciendo una reverencia.
Travolti se fijó atentamente en el curioso regalo que había recibido. ¿Qué podría ser? Era metálico y brillante. Parecía un material muy resistente y muy ligero a la vez. Lo tocó. Estaba caliente. Entonces se fijó en un botón que había en la parte superior. Ponía "OPEN". Con decisión, y sin ningún tipo de flaqueza, lo pulsó. La estructura interior del cilindro salió hacia fuera por la parte superior, acompañada de un silbido y de un vapor tenebroso. El interior del cilindro constaba básicamente de un matraz y un soporte metálico. En este soporte había una pantalla con diversos dígitos que Travolti no podía descifrar, y una luz roja a la izquierda. El matraz estaba lleno de líquido amniótico y en su interior nadaba un feto, cuya apariencia no era precisamente humana. "¡Dios!" se dijo Travolti "¡¿Qué coño es esto?!".
En ese momento su moviline comenzó a sonar. Alguien le llamaba por su línea privada.
- Diga.
- Hola Jhonny.
- ¡Quentino! ¿Eres tú?
- Correcto.
- No te lo vas a creer. Hay un loco ahí fuera que se hace llamar Eric y que se ha empeñado en matarme a toda costa, aunque para ello tenga que sacrificarlo todo.
- ¡Qué raro! ¿Y por qué? No creo que sea por afición...
- ¡No! ¡No es eso! Dice que yo he matado a Apolo de Amantis, que he conquistado su pueblo, que he secuestrado a todas las vírgenes del pueblo en cuestión y que he raptado a su novia y a su amante.
- Que cosas.
- ¡Yo no he hecho nada de eso! ¡No tengo nada que ver con la muerte de Apolo! ¡Tienes que creerme, Quentino!
- No, si te creo...
- Gracias, sabía que tú me creerías- contestó Jhonny, aliviado.- ¿Por qué?- añadió, extrañado.
- Porque fui yo.
- ¡Hijo de puta!- contestó, visiblemente enfadado, Travolti.- ¿Y dejas que sea yo el que me coma todo el marrón? ¿Sabes la de millones de orcos que han muerto por tu culpa? ¿Sabes la de guerreros que he perdido? ¿La cantidad de presupuesto que se me ha volatilizado?
- Sí, lo sé. De todos modos, he de darte las gracias, Jhonny. De no haber sido por ti, nunca hubiera conseguido mi propósito.
- ¿De qué estás hablando?
- Mientras Eric se distraía acabando con tu ejército y buscando tu castillo, en el que esperaba encontrar al asesino de Apolo y saciar su venganza, así como rescatar a todas las vírgenes y a su amante; yo he traído a la caravana de vírgenes hasta mis laboratorios.
- Entonces, lo de los magos de la Estrella Incompleta es cosa tuya.
- ¿Magos? Je, je, je. Podríamos decir que sí.
- ¿Cómo has conseguido que eso magos legendarios trabajen para ti?
- Muy sencillo, les prometí que sí me obedecían yo convencería a Teikdat, una secta enemiga suya, para que se disolvieran, y así lo hice.
- Alabado seas. Pero entonces, ¿quiénes son realmente esos Magos Negros?
- Ahora son tres secuaces míos. He oído decir que uno de ellos, Philemmon, ha muerto. No importa. ¡Qué se joda! Aun me quedan los otros dos, aun más crueles y despiadados: P. Rea y Morthadello. Ellos dos se encargarán de acabar con Eric.
- ¿Y no existen los magos Blancos?
- Eso sólo Thor lo sabe.
- Todavía tengo alguna duda. ¿Cómo hiciste para acabar con Apolo e incriminarme a mí? No lo entiendo.
- Muy sencillo. Gracias a una serie de infiltrados que me facilitaron las cosas. No te voy a explicar el plan entero. No creo que esa pústula que tienes por cabeza sea lo suficientemente hábil como para entenderlo. Para incriminarte sólo tuve que tirar por ahí uno de tus anillos de marca. Fue muy sencillo. En cuanto Eric lo vio, en seguida supuso que era cosa tuya.
- Supongo que Arteniáin era uno de los infiltrados.
- ¿Quién? ¡Ah, ése! No. Ése era un imbécil que se metió donde no le llamaban y a punto estuvo de joderme la marrana. No, mi infiltrado era un pariente del mismo Apolo, además de algunos ciudadanos del consejo.
- ¿Quiénes?
- Ah,... te compras.
- ¿Y qué pasa con los encapuchados?
- La rebelión ha sido sofocada, no queda ningún encapuchado, gracias a ti.
- Hombre, yo... Pero espera un momento. ¿Para qué quieres a las vírgenes?
- Supongo que ya habrás recibido mi regalito...
- ¿Esta porquería es cosa tuya? Pensaba comermela...
- Tú verás, morirías de todos modos.
- ...
- En mis laboratorios he convertido, mediante mutógeno radioáctivo y exposición de gravitones a todas las vírgenes en mutantes genéticos como el que tienes en frente tuya. Obligándoles a escuchar música de las Espaiz Gerls he conseguido que lo único que quieran hacer a lo largo de su mísera existencia sea destruir el mundo.
- ¿Has convertido a niñas inocentes en estas monstruosidades?
- Esa precisamente era una niña de doce años, cabellos rubios, piel sonrosada... Me divertí mucho martirizándola.
- ¿Por qué haces todo esto?
- ¡Con mis mutantes crearé un ejército de máquinas de matar, que arrasarán todo lo que les salga al paso! ¡Una vez la Tierra esté despoblada yo seré su dueño! ¡¡Conquistaré el mundo, y una nueva humanidad nacerá bajo mi poder!! ¡¡¡Comenzará mi era, la Era Tarantizna!!! ¡¡¡Seré un Dios!!! ¡¡¡Juá, juá, juá!!! ¡¡¡Un Dios!!!
- No grites tanto, que me quedo sin cobertura. ¿Cómo piensas que esta porquería metida en un tubo puede acabar con el mundo?
- Aun no la has visto totalmente transformada. Espera un segundo, que ahora la verás.
 Dicho lo cual, pulsó el botón de ignición de su ordenador. La luz roja se tornó verde mientras los dígitos de la pantalla parecían haberse vuelto locos. Una alarma resonó por toda la habitación y el líquido amniótico comenzó a hervir. Una niebla cubrió todo el matraz y se expandió por toda la habitación. Jhonny oyó una voz feménina que provenía del ordenador diciendo "Peligro, ha iniciado la secuencia de transformación completa; en pocos segundos todo lo que esté alrededor del matraz habrá muerto, muchas gracias". Jhonny estaba aterrado. Gritaba sin cesar a través del auricular, pero sólo obtenía por respuesta la risa de Quentino Tarantizno. Oyó el ruido del matraz rompiéndose y un rugido estremecedor. La niebla se disipó y pudo observar a la bestia. Fue su última visión. Unos pocos segundos después yacía despedazado sobre su mesa (y sobre el suelo, y sobre la silla, y por las paredes...) mientras su asesino daba vueltas alrededor de la habitación.

Eric y Ulmo escucharon atentamente la historia de Rosanis. Era, más o menos, la misma que les había contado Astarté. Después de contar su historia, les comentó que él podía ayudarles a encontrar a Jhonny, que él sabía como atravesar el castillo.
- Acompañadme -les dijo- Os llevaré hasta el Pasadizo de la Roca.
Eric y Ulmo le siguieron. Este último estaba bastante inquieto.
- ¿Qué te pasa?- le preguntó Eric.
- No sé, hay algo extraño- respondió- ¿Por qué se ha rendido tan pronto Travolti? ¿Por qué no han vuelto a atacar los orcos?  Todo tirano que se precie tiene algún ejército de reserva. Aquí hay algo que me huele mal.
- En efecto, deberías lavarte más a menudo- comentó Eric.
- ¡Ay, que me parto!¡Qué gracia, qué ocurrente, qué tortazo que te voy a dar! - respondió Ulmo, ofendido.
- ¡Silencio!- exclamó Rosanis, zanjando la discusión, que amenazaba teñirse de sangre.- Ya hemos llegado. Allí tenéis la entrada al pasadizo.
Rosanis señaló la entrada de una gruta, cuyo interior estaba muy oscuro. La entrada estaba cubierta de telarañas y, en efecto, parecía que el tunel se dirigía al castillo de Jhonny. Sin embargo, ni Eric ni Ulmo parecían muy convencidos.
- ¿A qué esperáis? Cada segundo es valioso- dijo Rosanis.
- ¿Tú no vienes?- preguntó Ulmo.
- ¡Jo! Es que tengo un reuma que no me deja vivir...
- Vale, vale... ya vamos- dijo Eric.
Dicho lo cual Eric y Ulmo se adentraron en la caverna, dispuestos a acabar con Jhonny Travolti de una vez por todas, sin imaginar la escena que acababa de tener lugar en el despacho del tirano. Una vez en el interior de la cueva oyeron un chirrido. Se dieron la vuelta y vieron como una puerta de hierro se cerraba detrás de ellos. Habían caído en una trampa. La cueva, que tan sólo era un efecto óptico, se transformó repentinamente en una jaula donde estaban atrapados. Eric se acercó a los barrotes y miró a Rosanis.
- ¡Rosanis!- gritó- ¿Qué ha pasado? ¡Sácanos de aquí!
Pero Rosanis se reía de una forma estremecedora. Entonces Eric se dio cuenta del gran error que había cometido. Lentamente, Rosanis se transformó hasta poseer la forma de Shirley.
- ¡Idiotas!- les dijo- ¡Ya sois míos! ¡Mi venganza será terrible!
- ¡Shirley!- gritó Eric- ¡Zorra asquerosa! ¡Algún día acabaré contigo! ¿Qué has hecho con Rosanis?
- ¿Rosanis? ¡Juá, juá, juá! ¡Ingenuo! Rosanis ha muerto, como el resto de los encapuchados. ¡Juá, juá, juá! Ahí lo teneís.- Dicho esto lanzó el cuerpo de Rosanis, al que había poseído, al interior de la jaula, a través de un agujero interdimensional.
Eric se sentó sobre el cadáver de Rosanis. Se le había caído el mundo encima. Le pesaba mucho y le costó horrores quitárselo de encima. Si Rosanis estaba muerto, las posibilidades de rescatar a Astarté se limitaban. Además, se sentía fustrado y engañado. Decidió que a partir de entonces ya no confiaría más que en sí mismo.
Mientras tanto, Shirley se marchó entre risas, abándonando a Eric y a Ulmo en la jaula para que se los comieran los escarabajos.
12/03/2006 12:51 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CAPÍTULO 14: LA MUERTE DE ULMO

CAPÍTULO XIV.

 

Tenían que pensar rapidamente cómo salir de la jaula, antes de que los escarabajos asesinos acabaran con ellos. Utilizaron el cuerpo de Rosanis como ariete. Sólo consiguieron romper un barrote, antes de que el cadáver se ablandara tanto que se empezó a derretir. El espacio resultaba insuficiente para permitir su salida. Dieron el cuerpo a los escarabajos para ganar un poco de tiempo. Mientras los insectos cubrían y devoraban el cuerpo de Rosanis ellos mordían los barrotes. Consiguieron salir justo antes de que los escarabajos fueran a por ellos. Lo que no habían pensado era que si ellos dos salían, los escarabajos también podrían salir.
- ¡Aaaaaah!- gritaron a la vez- ¡Estamos perdidos!
Por suerte los escarabajos se encontraron con las hormigas gorronas, que volvían de una dura jornada de trabajo en la oficina, y entablaron una lucha que acabaría con la extinción de ambas especies.
Eric y Ulmo se fueron corriendo hacia un camino. Aquel camino desembocaba en el Laberinto del Demiurgo.

 

Todo el camino estaba muy bien iluminado, gracias a unas antorchas muy curiosas que había a ambos lados del camino. Ulmo había recuperado toda su lucidez a pesar del golpe en el encéfalo, gracias a un poco de extracto de pitt-u.f.o. que encontró entre sus cosas. Percibió algo raro en esas antorchas, tenían algo extraño. Escaló por el palo de la más cercana hasta llegar cerca de las llamas donde reconoció a un cuerpo femenino. Chilló a Eric, el cual se encaramó al siguiente palo. Entoncés lanzó un grito de horror. Era una de las vírgenes de su pueblo. Pudo reconocer lo que quedaba del cuerpo de aquella impresionante morenaza con la que tan buenas tardes había pasado (tomando el té, o ¿qué creías?). Eric sintió dolor. Entre otras cosas porque se acababa de dar cuenta de que el palo estaba rodeado de alambre de espino para que no robaran los cadáveres. Poco después (cuando Eric dejó de gritar) oyeron unos pasos. Se escondieron en la copa de un árbol que había por ahí. Vieron que se trataba de unos pocos orcos, que seguramente habían salido en su busqueda al ver que ya no estaban en la jaula. Les prepararon una emboscada. Tocaban a tres para cada uno, un ratillo de diversión. Llegaron a su altura y los dos saltaron sobre sus sorprendidos perseguidores. Ulmo cayó con la espada sobre la cabeza del primero. Se pudo ver el resplandor del metal en la boca del orco y sus dos compañeros le acribillaron a flechazos intentando alcanzar a Ulmo. Las puntas de las flechas sobresalían del cuerpo del orco.
Simultaneamente, Eric saltó del árbol, pero se le enganchó el pie en una rama, se lo arrancó y cayó al suelo de morros, partiéndose seis dientes. Dos orcos se murieron de risa, al ahogarse con sendas moscas que se tragaron y que fueron a incrustarse en su faringe, impidiéndoles respirar. Ulmo propinó un golpe con la parte ancha de su espada proporcionándole dos cortes a otro orco.
Al tercero le golpeó con el mazo, abriéndole un gran agujero a la altura del abdomen. Ulmo metió la mano por ese agujero hasta que alcanzó la espina dorsal. El orco no se movía, estaba paralizado por el terror. Notó como algo tiraba dentro de él. Era la mano de Ulmo tirando de la espina dorsal hasta que sacó con ella el cráneo, con el encéfalo dentro, y la caja torácica, y la movió en el aire. Los ojos del orco que, milagrosamente y por poco tiempo, aun estaban en sus cuencas miraban aterrados, sabiendo que su muerte estaba cerca, directamente a los ojos de Ulmo. Este golpeó con el cráneo del orco al otro orco hasta que cayó muerto, instante en el que Ulmo le clavó el coxis de la espina dorsal de su compañero en el cuello. Eric se limitó a cortar la cabeza del último orco.
- ¡Qué torpe eres!- exclamó Ulmo- Mira que arrancarte un pie.
- ¡A que te parto la cara!- le contestó Eric.
- ¿Es una amenaza o una promesa? Porque si es lo segundo estoy tranquilo. Sé que no serías capaz- se cachondeó Ulmo.
- Anda, calla y dime como lo soluciono.
- Con el ungüento de pitt-u.f.o. te puede salir un nuevo pie. Sólo tienes que concentrarte y pensar en un pie.
- Bueno, pues allá voy.
Entonces se concentró y al cabo de un rato algo salió de su muñón. Estaba ensangrentado, era peludo, era una pezuña de caballo.
- ¡¿Pero en qué has estado pensando?!
- Maldito caballo, me ha distraído.
Tras este incidente continuaron su camino. Se encontaron con un mendigo harapiento, al cual descuertizaron y lo guardaron como alimento para días posteriores. Llegaron hasta  un grupo de gente que iba en busca de Travolti. Decidieron unirse a ese grupo porque los espíritus que habitaban la espada de Ulmo necesitaban almas de entes vivientes (y Ulmo necesitaba los cuerpos). Los integrantes de aquel grupo les preguntaron a ver si habían visto al soldado de vanguardia, porque hacía tiempo que no mandaba informes. Ulmo y Eric se miraron intentando no reírse; les dijeron que no y les invitaron a comer, con la carne del soldado. Y comieron. Y repitieron. El comentario fue: "una carne excelente".
Al día siguiente se internaron en una zona con nieblilla. A los pocos pasos se encontraron con el cadáver de un explorador, seco, sin ningún líquido en su cuerpo y colgado de una cuerda pegajosa. Justo cuando se dieron cuenta de lo que era aparecieron unas arañas gigantes que ensartaron al jefe de los humanos con una de sus patas. Eric, dada su escasa movilidad, se metió entre las patas de una de las arañas, con la esperanza de que allí no le alcanzaran sus golpes mortales. Ulmo, mientras, luchaba contra las patas y las pinzas que le atacaban, a la vez que una araña blanca abría la caja torácica del soldado que había a su lado y algunas gotas de sangre le salpicaron. Eric hacía todo lo que podía para evitar que la araña le aplastara. Mientras, otra araña apareció por detrás de un soldado ocupado en evitar los golpes de las arañas que tenía delante suya, y le comió la cabeza. El cuerpo se convulsionó en el suelo hasta que la araña se lo comió de un bocado. Otra araña sorbía por la boca las tripas de otro soldado. En ese momento un principiante de mago teletransportó a los pocos supervivientes a otro lugar.
Ulmo y Eric se encontraban en una extraña cueva, en la que, a pesar de la oscuridad, todo se veía claramente. Era como si estuvieran envueltos en una burbuja de luz. Eric, más recuperado de su transformación de pie, estaba furioso porque le habían obligado a abandonar la lucha. A un soldado que le tocó el hombro, intentando animarle, le dijo: "¡Qué te den fuego!" En ese momento una inquietante luz salió del anillo, y envolvió al soldado. En el ambiente había un olor a carne chamuscada. A Eric esto le hizo mucha gracia, empezó a reírse, y fue soldado por soldado diciendoles: "¡Qué te den fuego!", hasta que ya no quedó ningún soldado. El olor a carne quemada era insoportable. Aquel olor atrajo a criaturas carroñeras pero Eric y Ulmo se comieron los cuerpos, tanto de los soldados como de los carroñeros.
Algo se movió en el interior de la cueva. Era un monstruo grande, peludo. Se arrastraba sobre una columna grasienta que se deslizaba en el suelo. Una especie de tentáculos le salián del costado. Agarró a Eric e intentó utilizarlo como arma contra Ulmo. En el primer golpe falló y arrojó a Eric fuera de la cueva haciéndole atravesar un árbol. Ulmo se enfrentó a él, utilizando el mazo, pero, aparentemente, el mazo no hacía más que ponerle de mal humor. Enganchó a Ulmo. Tenía hambre. El olor a carne fresca le había despertado el apetito. Ulmo intentó hacer que una escalactita cayera sobre el monstruo, golpeando el techo de la cueva con el mazo, pero aquel extraño ser clavó sus afilados dientes en Ulmo. Los colmillos del bicho le estaban rompiendo las costillas a Ulmo, pero éste ignoró el dolor y siguió golpeando el techo. La lluvia de piedras no hacía que el ente aflojará sus mandibulas. A pesar de su fuerza de voluntad, el dolor empezaba a resultar insoportable para Ulmo. Lanzó el mazo hacia el techo y una avalancha de piedras cayó sobre ellos. La cueva se derrumbó y ambos murieron aplastados. Eric solo encontró parte de las ropas de Ulmo bañadas en sangre, así como trocitos de Ulmo esparcidos. Cuando dejó de reír se fijó en la rama que atravesaba una de sus rodillas y se desmayó de dolor.
12/03/2006 12:55 Autor: lahistoriaparanoica. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.


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